Por Mitchel López Granados
La madrugada del 3 de enero del 2026 Estados Unidos bombardeó la ciudad de Caracas, Venezuela, y secuestró a Nicolás Maduro, hasta entonces cabeza del régimen dictatorial que gobierna el país, junto con su esposa Cilia Flores. Como excusa se esgrimió la acusación de que el mandatario estaba coludido con carteles de la droga en su propio territorio. ¿Y todo esto es ajeno al arte? ¿O vamos a seguir con los “discursos que se han aburrido del imperialismo” como mencionan varios críticos(as)? ¿Continuaremos considerando que el único arte que importa es sólo el que consigue apantallar con su materialidad, pero omite la reflexión porque es aburrida y repetitiva? Yo pienso que la respuesta a estas preguntas tendría que ser una rotunda negativa, pues el arte tiene una obligación de cuestionar el statu quo, independientemente de si la representación es interesante o no, como mencionaba Susan Sontag en su libro Contra la interpretación (1969), donde argumenta “¿Está obligado el gran arte a ser constantemente interesante? Creo que no.”
El arte es un reflejo de lo que se está viviendo en nuestro contexto geográfico y temporal, como sugiere Cuauhtémoc Medina en una entrevista con Arte en diálogo. A grandes rasgos, explica que el arte muestra lo que hay en el mundo exterior, pero de una forma distorsionada o invertida. Esto nos dice que aquello que no encuentra lugar afuera del ecosistema del arte —las inquietudes, problemas sociales y políticos— comienzan a manifestarse en el arte de primera mano. Sólo el arte tiene esta cualidad de ser el espacio en donde se puede simular lo que se está viviendo afuera, pero desde una perspectiva distinta, ya sea algo tan simple como embellecer la cotidianidad para no sentirnos atrapados y frustrados cuando nos es imposible escapar de ella, o en conceptualizar un conflicto bélico en una sala de museo para poder “estructurar una ética de la meditación”, siguiendo con Medina.
Desde que tengo memoria, Estados Unidos se ha encargado de diseminar sus ideas en todo el globo para beneficio de sus políticas exteriores. Un claro ejemplo es la doctrina Monroe de 1823, impulsada por el presidente James Monroe bajo el lema “América para los americanos” para evitar que Europa se metiera en asuntos económicos o políticos en el continente americano. En la práctica, dicha ley sólo sirvió de excusa para alimentar el intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica.
Una obra que atacó en su momento, de manera sencilla y simple, a la intensificación de la estrategia de dominación que sucedió en los años setenta del siglo pasado fue Inserções em Circuitos ideológicos: Projeto Coca-Cola (1970), del brasileño Cildo Meireles, en la que imprimió frases como “Yankees go home!” donde colocó instrucciones para elaborar bombas molotov en las botellas de refresco, para luego ponerlas en circulación. Así, utilizó a su favor el capitalismo para hacer una crítica a la diseminación de ideas estadounidenses dentro del mercado sudamericano. El mismo Meireles decía que “El arte debe proyectar un mundo en el que no existan dictadores”. Otra de sus obras que hacía una crítica directa a la dictadura militar de Brasil fue titulada Inserções em Circuitos ideológicos: Projeto cédula (1970), y tenía la misma metodología de impresión y circulación de mensajes, pero ahora con billetes serigrafiados con la frase “Quem matou a Herzog?” —refiriéndose a Vladimir Herzog, periodista presuntamente asesinado en su celda en 1975 durante la dictadura militar—. Esto potencializó la carga del mensaje y la capacidad de circulación de los billetes para diseminarse en el mercado, permitiendo que la obra cumpliera su objetivo de crítica sin ser tan espectacular, propagándose como un virus, como las ideas intervencionistas estadounidenses.
En el año de 1968, México y el mundo fueron testigos de distintos cambios sociales y económicos. No está de más mencionar la matanza de Tlatelolco, hito a partir del cual se han cuestionado críticamente los valores predominantes del statu quo en nuestro país. En los años subsecuentes, los y las artistas se han dedicado a reforzar ese cuestionamiento ya que es su obligación. Decía Diego Rivera que “el artista es la expresión del pueblo dentro del cual trabaja”, es por eso por lo que esta época marcó el inicio de una época que fue llamada La era de la discrepancia, en una exposición curada por Cuauhtémoc Medina y Olivier Debroise en 2007. A la que aludían los curadores era una discrepancia política, estética e ideológica. A finales de los sesenta, las y los artistas crearon un evento llamado Salón independiente, el cual se dedicaría a criticar y cuestionar al gobierno en turno, en escala nacional, y a las políticas imperialistas en una escala internacional, además de tener completa autonomía en la producción artística, incluir las nuevas vanguardias como el arte pop y el fluxus, rompiendo así con el viejo muralismo revolucionario, utilizando materiales pobres como cartón y plástico y con ello promover la efimeridad de la obra de arte. Esto fue un gran ejemplo, útil hoy en día para sacar provecho puesto que los problemas se resuelven en comunidad y, como mencionó Juan Ramón de la Fuente, rector de la UNAM a inicios de este siglo, en su introducción al catálogo de la exposición, “el artista debe ser siempre un crítico de la realidad en la que surge y, al mismo tiempo, debe ser autocrítico de sus propios métodos y fines”.
Actualmente es lo que se necesita, que el arte —y no sólo los artistas, sino todos los que estamos implicados en el sistema: críticos, curadores, galeristas, gestores, directores de museo y difusores— continúe con esta labor, con motivaciones más allá de ganar premios o ser elegidos en convocatorias, sino para que éste cuestionamiento se mantenga vigente, aunque el discurso se vuelva aburrido y repetitivo. Y es que si el tema permanece es porque el problema que señala ha mutado desde que se le dio nombre, para poder llegar hasta nuestros tiempos sin haber cambiado en lo esencial.
Un ejemplo revolucionario en la Latinoamérica de los setenta fue el del artista y arquitecto chileno Alfredo Jaar, quien durante la dictadura militar de Pinochet en Chile realizó la intervención urbana y poética en la que en anuncios espectaculares anónimos se lanzaba la pregunta “¿Es usted feliz?”. En años en los que contradecir al régimen acarreaba fuertes consecuencias, una sencilla y simple pregunta como esa desgarraba corazones y podía llevarte a prisión. La sencillez de Jaar para crear estos anuncios le permitieron conectar con un público cotidiano, que no estaba inmerso dentro del sistema del arte, un público que no necesitaba un arte de primer mundo y sensacionalista, un arte que, si se expone hoy en día en México, sería considerado aburrido y repetitivo. El arte de Jaar no juega con una objetividad finita sino con una sustancialidad pragmática y es por eso por lo que estos estudios siguen vigentes, ya que las dictaduras y las guerras no han terminado.
Yo creo que al juzgar si un arte va a ser crítico de su contexto o no, estamos dando por hecho que se puede experimentar con todos los materiales y técnicas, y que se cuenta con un espacio infinito para representarse, pero en tiempos de guerra las representaciones tienen que ser mucho más sutiles y mucho más objetivas para que el mensaje pueda llegar a todos los públicos.
En el documental Ryuichi Sakamoto: Coda (2017), Sakamoto —director de orquesta japonés— explica que el trabajo del artista está completamente relacionado con su contexto, debido a la sensibilidad estética que tiene y la capacidad de detectar desestabilizaciones o cambios de estructura dentro de él. También comparte que el artista es como un canario en una mina de carbón, ya que el ave era la primera en anunciar los gases tóxicos deteniendo su canto, advirtiendo con ello a los mineros para poder escapar antes de morir envenenados. Esto que explica Sakamoto nos hace comprender el por qué el arte es un indicador de amenazas, y por qué no podemos ignorarlo, mucho menos en épocas de conflictos sociales.
Actualmente en nuestro país existen muchos artistas que eluden de forma poética la censura . Uno de los ejemplos más recientes es Miriam Salado, de Hermosillo, Sonora, quien en la Bienal FEMSA 15 elaboró una pieza llamada Detonaciones (2024). La obra consistía en la elaboración de un tótem mecanizado que hacía girar casquillos de balas recuperados. Originalmente a estos cintos de cuero se les agregaba un pedazo de carrizo, pero con la inserción de la violencia y el tráfico de armas provenientes de nuestro vecino del norte, las comunidades comenzaron a utilizar los casquillos de AK-47 —arma supuestamente ilegal—, cambiando el sonido que se escucha al introducir otro material. Lo interesante aquí no es sólo el trabajo impecable de investigación de Salado, sino la relación que tiene con la Bienal y el capitalismo estadounidense al ser la empresa del famoso refresco Coca-Cola. La labor del artista es impedir la censura y continuar con la crítica social, política y económica. Por ello Salado con su obra hace mucho más que una encomienda, deja un mensaje claro de la ironía ante estas corporaciones.
Y así podría continuar por horas y horas mencionando artistas que no han permitido que la censura y la cancelación por hablar de temas repetitivos o conocidos dejen de crear. Mencionaba Medina después de haber elaborado la exposición La era de la discrepancia que habría que añadir volúmenes a su investigación del arte actual, esperando que éste no se llamara “La era de la complacencia”. Ahora más que nunca necesitamos de estas críticas sociales, de estos canarios en la mina; obras de arte, exposiciones, artículos, ensayos e investigaciones, porque si el tema sigue actual y presentando síntomas, es porque el virus ha mutado y la enfermedad no ha desaparecido.
Las opiniones vertidas por los colaboradores o invitados de Revista Cubo Blanco son responsabilidad exclusiva de quienes las emiten y publican, por lo que no representan, necesariamente, la postura de Revista Cubo Blanco respecto de cualquier tema.
Texto publicado el 13 de febrero de 2026.