Piedra de polvo (1962), de Rodolfo Nieto.
Por Edgardo Aragón
“Robar un banco es un delito,
pero más delito es fundarlo”.
Bertolt Brecht.
La recién inaugurada exposición en el Museo Tamayo, titulada Tamayo, Nieto, Toledo: Los años en París, es una de aquellas muestras necesarias para hablar de cómo opera el sistema del arte nacional, no sólo porque dos de los tres artistas oaxaqueños no pertenecieron al oficialismo —se hicieron prácticamente solos—, sino porque esconde uno de los abusos más obvios del poder del estado mexicano. La pintura Piedra de polvo (1962), de Rodolfo Nieto, está en calidad de préstamo por parte del gobierno del estado de Oaxaca, encabezado por el atrabiliario gobernador Salomón Jara, quien tiene sometido el acervo del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca bajo ocupación policiaca, más no legal. Esto muestra el cinismo con el que se ha manejado el robo al MACO, pero sobre todo muestra de cuerpo entero las complicidades que pueden existir entre funcionarios públicos; tanto el INBAL como el museo Tamayo saben que la obra no debería estar ahí, pero está.
El caso más reciente de manipulación política de un acervo artístico estuvo en el manoseo de la colección Gelman Santander. Admiradores de Frida Kahlo salieron a defender la casi obvia exportación de su obra en la colección. El argumento era claro, al ser declarado monumento nacional, estas obras no debería abandonar el país. Sin embargo, lo hizo. El gobierno decidió conceder ante el poder del capital, dando bocanadas largas de atole con el dedo al colectivo que buscó impedir la expoliación; cuando el estado, que es omnipresente, lo decide, abusa del poder para satisfacer sus intereses individuales. Esto muestra claramente cómo opera la corrupción tan arraigada en los políticos y los empresarios mexicanos, una simbiosis groseramente vulgar.
El acervo del MACO tiene más de 2,000 obras, sin embargo, no hubo indignación ante la perdida de este, ni ante la ocupación ilegal por parte del Gobierno del estado de Oaxaca (una narración larga puede leerse aquí). No tuvo la misma repercusión que Frida Kahlo (es reproche) pero entiendo porque: el MACO está en provincia, es más, ante la ocupación ilegal, el gremio cultural local se colocó de parte del usurpador. El argumento era simple, estos artistas no tendrían la posibilidad real de exponer nunca ahí, porque el MACO operaba bajo las reglas no escritas elaboradas por Nieto y Tamayo, que era la de hacer una carrera antes de exponer en sus salas. Otra más, el MACO tenía como objetivo promover obra de otros lados para que el oaxaqueño promedio tuviera la oportunidad de ver arte en su pueblo, para no tener que abandonar Oaxaca, como lo hicieron Tamayo y Nieto. El mensaje era claro, pero los tiempos son otros y el esfuerzo por parte de las nuevas generaciones es mínimo, es woke, esperan su turno en la cola, sin importar la calidad del trabajo; se lo merecen sólo porque están ahí, argumentan.
La Secretaría de Cultura, encabezada por Flavio Sosa (poeta, según palabras de su jefe político; pirómano del 2006, como recordamos las miles de personas que nos vimos perjudicadas por la caída de la economía esos años, tras el derrumbe de la capital en manos de la insurrección magisterial), sabe que el acervo del MACO no pertenece al Gobierno estatal: hay documentos que lo señalan y prueban. La obra del acervo del museo ha sido manipulada de un lugar a otro desde entonces, aunque la fiscalía argumenta que el inmueble y el acervo están “asegurados”, es decir, no se pueden tocar mientras se sigue una investigación; el antes empleado político de la familia Harp, tiene responsabilidad directa en los daños que estas obras pudieran tener.
Es paradójico cómo estos personajes quisieron hacer su revolución armada comunista, su Sierra Maestra en la cuenca húmeda de Tuxtepec, donde los pueblos chinantecos a los que quisieron organizar los expulsaron. Hoy los políticos son aliados del banquero Harp Helu, quien retiró su apoyo financiero al MACO porque “no le iba a dar dinero a ese comunista (al pintor Ruben Leyva)”. El banquero fue amigo y mecenas de Francisco Toledo.
Hablemos un poco de la exposición Los años en París: se vende como era de esperarse, de forma populista: “La exposición reúne obras de los artistas oaxaqueños Rufino Tamayo, Rodolfo Nieto y Francisco Toledo, quienes radicaron durante temporadas en París en la segunda mitad del siglo XX, ámbito geográfico y período histórico donde transformaron sus prácticas y pusieron en diálogo la estética prehispánica y el arte popular con las vanguardias internacionales”.
Si lo que nos dice Juan Carlos Pereda, el curador de la muestra, es cierto, estamos ante uno de los episodios menos conocidos de Rodolfo Nieto y Tamayo; Toledo se vendió por años con esas etiquetas indígenas. Sin embargo, todos ellos son mestizos. De hecho, Rodolfo Nieto es más un artista de la Ciudad de México, no un artista oaxaqueño; Tamayo, en cambio, es más neoyorkino, no sólo porque sus años de formación se colocaron en esos lugares, sino que, como Jorge Luis Borges anticipó, son artistas que trabajan con símbolos. No son nada prehispánico sino un culmen propio de la cultura novohispana, que insistimos en llamar mexicana. Quizá por eso es que Nieto ilustró la primer edición del volumen de la zoología fantástica de Borges.
Paris, en esa época, era una fiesta, como nos dice el amante de los toros y los banana daiquiri, Ernest Hemingway.
Rodolfo Nieto era un hombre sofisticado, un artista fino, con un toque divino, dirían las señoras de las lomas. Técnicamente es complejo, el cuadro robado en exhibición en el museo Tamayo es un monstruo hermoso, con colores llamativos, pero callados, el juego del personaje es claro, hay una manifestación mítica muy antigua en su observación del animal representado, es una pintura equilibrada, bella y emotiva, es un cuadro bien hecho, que no recuerda a nada más que a Nieto. Quizá por eso ganó premios importantes; su trabajo era de vanguardia, no apelaba a la tristeza nostálgica de un pasado perdido, como se busca colocar al artista indígena de nuestro tiempo.
El pintor hablaba perfectamente francés, aunque él mismo decía, necesito hablarlo con acento mexicano, porque sólo así te hacen más caso los europeos. Manipuló al sistema del exotismo de la modernidad. Aunque, si nos ponemos exigentes, encontramos mucho del arte japonés en su obra. Las activaciones de nuestro cerebro, al ver un animal, apelan a nuestra quietud evolutiva, también llamada “amor por la naturaleza” (los neuro científicos lo llaman oxitocina, que no es más que el paraíso de todas las culturas); así es como en términos básicos tendría que operar una obra de arte.
Histórica y artísticamente, todo se explica mejor si se recurre al mito. El arquetipo de Nieto y Tamayo es el Odiseo de Homero; el de Toledo, el Odiseo de Nolan, es el que trae mejor propaganda.
Rufino Tamayo es una piedra nodal en la construcción del arte no oficial. En lugar de quedarse a pelear con los muralistas por los favores del sistema político nacional, se fue del país e hizo una carrera netamente artística, prolífica y excelsa lejos de las turbulencias del provincianismo mexicano, nuestro nacionalismo tóxico.
En el imaginario que me construí sobre Nieto y Tamayo siempre estuvo el de irme de Oaxaca. Como muchos artistas, salí huyendo de Francisco Toledo, el artista oficial, quien se había convertido ya para entonces, de la mano de los millonarios de Monterrey, en cacique cultural de la ciudad. Tenía bajo su control todas las instituciones y todos los coleccionistas, la estafeta entregada por Tamayo (nadie es perfecto) lo había convertido en la figura más visible del arte oaxaqueño. En los años setenta, Francisco Toledo era el gran artista que todos dicen que es, pero en los dos miles ya era el diseñador que todos conocemos: cansado, triste y deprimido; una imagen engañosa ante los ojos de quienes lo conocieron (en México no se llega a tener tanto poder sin habitar la oscuridad). Hoy sus diseños adornan el estadio de beisbol renovado de la mano de un arquitecto de su hechura, con dinero público y privado, en un inmueble universitario donde juega uno de los quipos de la liga mexicana de Alfredo Harp Helu.
Aun no se dan cuenta del daño que ha hecho Francisco Toledo a las artes; un recorrido rápido por lo oaxaqueño nos muestra a un cabizbajo, desaliñado, maltrecho artista, que es el estereotipo del artista local. Hay muchos con el cosplay de Toledo en la ciudad. Las técnicas artísticas, así como el imaginario mítico, son viejos, anacrónicos y victimistas. Si seguimos avanzando por sus instituciones veremos a sus hijos en sus múltiples formas: como artistas, como poetas, como socialité o como políticos. En México los apellidos no son una coincidencia, son un sistema. Francisco Toledo palomeó a artistas, arquitectos, músicos etc. Les concedió el éxito con su barita mágica. El maestro Toledo, dicho sea de paso, tenía mal gusto artístico. Todos ellos son la elite de la comunidad del arte de la ciudad, aunque, para su desgracia, únicamente saben jugar de local.
Rodolfo Nieto, era un hombre elegante; aunque usaba botas vaqueras, tenía aura.
Como actor político, a Toledo muchas veces se lo vincula con la conformación del MACO, aunque es sólo uno de los muchos actores que lo hicieron posible. De hecho, es la única institución artística en la que nunca estuvo involucrado directamente. Para su gusto, era demasiado contemporáneo o moderno. Ante la usurpación de la institución, su ex nuera y secretaria personal, Alelí Hernández, ocupa la dirección de museos del estado, cargo que administra con poder y orgullo. En términos prácticos, dirige el renombrado espacio MACCO (Museo de Arte Contemporáneo y las Culturas Oaxaqueñas), le da ordenes al encargado Luis Hampshire (con conexiones políticas también, los apellidos no son una coincidencia); el Museo era el único espacio que les faltaba por administrar para cumplir con el monopolio cultural que manejan junto a la fundación Harp. Mirado así, es como haber ganado una guerra mitológica, donde los conservadores se llevaron la victoria.
De todo, lo único que el Gobierno de Oaxaca no pudo arrebatar fue el nombre de la institución, así como el logotipo, donado por Vicente Rojo. De ahí que el nuevo nombre suene más pirata que camiseta deportiva de fayuca en tianguis oaxaqueño, la forma burda de la usurpación es más chistosa que espuria: el acrónimo MACCO sobre el original MACO es un tanto infantil y bobo; pero categóricamente violento.
La obra robada al MACO por parte del Gobierno estatal debería ser retirada y resguardada por las autoridades del INBAL y retornada a la Asociación civil “Amigos del MACO”, su guardián legítimo y legal. El Museo Tamayo debería dar una explicación de cómo es que llegó ahí la obra. El legado de los espíritus de Rufino Tamayo y de Rodolfo Nieto no se localiza en todo lo que por ahora la Secretaría de Cultura oaxaqueña promueve como arte. Tamayo y Nieto son artistas que se formaron a pesar del estado, y su última morada simbólica era el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, que vive bajo el bombardeo legal del aparato judicial dominado completamente por los abogados huizacheros del estado.
En un estado de derecho regido por una verdadera transformación, se habría resuelto fácil el asunto, ya que la denuncia es la A.C. denunciando a la A.C. por llevar obras de arte del edificio de exhibición a la bodega. Aunque tampoco no queda claro quién denuncia ni quién es el denunciado. Kafkiano, pero es más parecido al Guerrero violento de Rubén Figueroa. El rústico sistema político mexicano de la guerra sucia, con todo y guayabera.
Los artistas, tan laureados hoy, son los que tuvieron que abandonar el país ayer por culpa de políticos y funcionarios que convirtieron la cultura en una serie de complicidades entre compadres, hijos y vecinos que se asumen soberanos y no funcionarios públicos; personajes que jamás conocieron la vergüenza. Son los mismos de siempre: todos son iguales, como dicta el lugar común.
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Texto publicado el 2 de octubre de 2026.