Por Gustavo A. Cruz Cerna
La exposición (mis)represented, de la artista jalisciense Carmen Huízar (Colotlán, 1995), tiene un planteamiento sencillo: una compilación de advertencias —o “disclaimers”— que se encuentran en recintos culturales del Reino Unido y previenen al espectador de que los materiales mostrados podrían herir su sensibilidad. Por supuesto, el chiste está en cómo la artista desarrolló tal premisa, que podría materializarse de mil maneras. En adelante hablaré al respecto.
Un primer apunte: cada vez son más comunes las exposiciones que funcionan bien como imagen pero que no terminan de complacerme cuando las visito. De hecho, es más frecuente el trayecto inverso. Es decir, que el azar me lleve a una inauguración y, pasados los días, encuentre en las redes un registro visual que hace que esa misma exposición se vea lucidora o apantallante (tal cual), lo que provoca que no pueda creer que se trate de las mismas obras que tuve enfrente. Por esto mismo, cuando llegué a la nueva sede de la galería n.i.x.x.x.o.n., donde se montó la exposición, me llevé una grata sorpresa, pues la experiencia espacial no sólo coincidía, sino que superaba el registro que había visto antes en internet (que sí, era muy bueno). Por supuesto, no fueron esas imágenes las que me convencieron de hacer la visita. El trabajo de Huízar lo conocí en 2017, y desde entonces he encontrado en su producción una inteligencia soterrada que siempre llama mi atención.
(Dado que la sensibilidad contemporánea se inclina cada vez menos por las sutilezas, me siento obligado a aclarar a qué me refiero al utilizar el adjetivo soterrado: Huízar no lanza al espectador palabras grandilocuentes, ni enmarca su práctica en jergas esotéricas. Tampoco busca la visualidad escandalosa. Lo que pone sobre la mesa son destellos de lo cotidiano que, en su honesta medianía, nos piden una observación mínima que se recompensa con el regusto cosquilleante que dejan en la mente el ingenio y la perspicacia.)
(mis)represented consta de cinco extensiones de tela de distintas longitudes y colores brillantes, en las que encontramos las frases escritas como parte del entramado del textil: alguna advierte sobre posible contenido racista, otra sobre la ausencia de malicia en la obtención de una piel animal, y una más sobre la apropiación y romantización de los pueblos originarios. Ahora que escribo esto, me sorprende que el número sea tan pequeño, cinco, pues la sensación en el espacio es de vastedad. O, lo que es lo mismo, las cinco telas bastaron a la artista para llenar la galería. El color ayuda, pues genera un vibrante contraste con el blanco de los muros, como también ayuda la disposición de las telas, que lo surcan en múltiples grados de oblicuidad.
Me cuesta trabajo dar con una figura atinada para describir lo que hacen al espacio estas telas. ¿Lo contaminan? No, eso sugiere que son externas a él, cosa que resulta falsa una vez que consideramos las implicaciones de los textos que contienen; ¿lo invaden? Demasiado militarista y, de nuevo, implica extranjería; ¿lo atraviesan? Tampoco, muy simplón, además, ese verbo está sobreexplotado en el campo (como “habitar” o “afectar”); optaré por decir que lo salpican —o tal vez que se escurren en él—, pues siento que la interacción de estas telas con el espacio es parecida a la de la pintura, cuya sola presencia, por su visualidad, lo modifica ante nuestros cuerpos.
Quizás la única objeción que puedo hacer a la idea de mancha sea lo ligada que está al accidente, asociación que generaría una errada impresión de desorden o improvisación. No es el caso. Las telas tienen una factura industrial, precisa y calculada. Su disposición sobre el espacio, si bien no es esquemática, tampoco es plenamente azarosa, pues se intuye intención en ella: primero, esa extraña quimera que es que se vea bien la cosa (resultado que se logra a cabalidad); luego, evidenciar la maleabilidad del material con que están hechas; por último, sacarle provecho e imprimir con ella organicidad y dinamismo al conjunto. Pero, sobre todo, tal acomodo busca un efecto específico en el espectador: hacerlo andar por la sala. Como sugerí antes, la experiencia de (mis)represented no es meramente visual, sino corporal, y ese efecto no depende de un entendimiento fenomenológico de la mirada como el que nos heredó Merleau-Ponty, sino del hecho, mucho más pedestre, de que uno debe caminar para terminar de leer algunas de las frases, que pueden iniciar en un rincón de la galería para luego extenderse por el techo y concluir en el extremo opuesto del espacio.
Y acá es donde se entiende la propuesta de fondo y podemos exclamar ¡eureka! Porque Huízar elige estas frases —en una estrategia que por lo demás le es familiar, pues lleva tiempo recolectando y ordenando muestras de lo que los expertos llamarían escritura no creativa— para hacernos ver, que es lo que hace el arte. Y lo que vemos, en esos vistosos colores desperdigados en la sala, es un discurso titubeante y aparentemente inseguro. Encontramos vergüenza y arrepentimiento, pero también el cumplimiento de una especie de penitencia que se expresa en la intención, sin duda, de efectuar una corrección y expiar los pecados. Pero ¿quién es aquí el pecador? La respuesta depende de quien mire y sus propios parámetros morales. Por lo pronto, (mis)represented se conforma con señalar la gran relevancia que el sistema del arte occidental da a la representación, y la centralidad que tiene ahora en su entendimiento de lo político, así como el temor constante a representar de manera “incorrecta” a ciertas poblaciones (o, en el caso de las disculpas porque una pieza no cuenta con accesibilidad para sillas de ruedas, en su incapacidad para considerarlas como posibles espectadores). Por esta razón las telas cubren la sala y la “recorren”, pues este discurso es el que sostiene cualquier aspiración política en el arte contemporáneo actual, es el que construye su espacio y el que le permite aparecer.
El entusiasmo me hace apurar las conclusiones y pensar en otro nivel de lectura. Un amigo y yo llevamos meses, si no años, concluyendo nuestros intercambios enunciando la necesidad de dirigir las técnicas de la antropología y la etnografía hacia las élites y las hegemonías, y así devolverles la mirada exotizante, es decir, acentuar su carácter ajeno y artificial. Me parece que (mis)represented es un excelente ejemplo de cómo efectuar esta operación. El proyecto lo realizó la artista mientras cursaba la maestría en una prestigiosa institución británica. Es de sospechar (y aquí puede que sean mis prejuicios los que estén tecleando estas palabras) que de ella, mexicana, se esperara un trabajo que partiera de su identidad subalterna, que tomara en sus manos la heroica labor de construir la representación correcta de sí misma. En su lugar, Huízar tejió un mordaz análisis de la obsesión occidental por dicha corrección. Aquí me detengo a rumiar el título del proyecto, que juguetea con la idea de una representación equivocada, sugiriéndola como posibilidad perenne en toda función artística. Y entonces me pongo a pensar si, así como hemos sido capturados por malas representaciones nuestras en las metrópolis culturales, no será que nosotros nos hemos hecho una representación igualmente errada de dichos nodos de hegemonía: esa en la que se les considera en posesión de todas las respuestas, formuladas como ideas claras y distintas, y que los ubica siempre del lado correcto de la historia.
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Texto publicado el 16 de octubre de 2026.