Por Sara Eliassen
“El 9 de febrero de 2020, en la Ciudad de México, una mujer de 25 años llamada Ingrid E. V. fue asesinada por su pareja. Macabras fotografías de este femicidio, cometido por Erik Francisco Robledo Rosas, fueron tomadas en la escena del crimen por las autoridades y luego reproducidas ávidamente por la prensa amarillista mexicana…”. [1]
El texto está tomado de la portada del libro de fotos #Ingrid (RVB Books/ Gato Negro Ediciones, 2022), de la artista Zoé Aubry, y hace referencia al feminicidio de Ingrid Escamilla Vargas. Cada año, alrededor de 3,000 mujeres son asesinadas en México, y el libro #Ingrid toma como punto de partida este asesinato para poner de relieve la relación entre la sobreexposición mediática de imágenes violentas y la normalización de la agresión misógina.
Las imágenes del brutal asesinato de Ingrid Escamilla Vargas fueron filtradas a la prensa directamente por la policía que investigaba el crimen, y circularon inmediatamente en los tabloides mexicanos conocidos como nota roja. El periódico Pásala! publicó una imagen explícita del cuerpo mutilado de una mujer en su portada, con el texto: “Fue culpa de Cupido”.
El cruel sensacionalismo de los medios de comunicación, y la complicidad de la policía que lo hizo posible, desencadenaron una ola de manifestaciones y, en febrero de 2020, las mujeres salieron a las calles de la Ciudad de México. Atacaron físicamente los coches y el equipo de las empresas de comunicación Pásala! y La Prensa, que habían publicado las imágenes del cadáver de Ingrid Escamilla.
El álbum fotográfico #Ingrid señala el movimiento digital que surgió en respuesta a la diseminación masiva de las imágenes del feminicidio de Ingrid. El fotolibro no tiene texto y contiene imágenes de motivos reconocibles impresas en papel brillante: imágenes de stock de flores, puestas de sol, horizontes, playas, spam; todas bastante alejadas de las fotografías explícitas que circularon junto con el nombre de la víctima. A primera vista, las imágenes en #Ingrid lucen superficiales y la publicación parece no tener ninguna relación con el contexto del asesinato de una mujer.
En el colofón se indica que el libro se ha realizado en colaboración con Delia Citlalin, y en la contraportada del fotolibro aparece la siguiente declaración: “Amigas, una vez vi un caso de un feminicidio a una chica de EE.UU. en el que filtraron las imágenes de su cuerpo y sus familiares y amigos compartieron fotos de cosas bonitas para que cuando buscaran su nombre no aparecieran las desafortunadas fotos. Así que aquí les va un spam.”
El texto es un tuit de @delia, amiga de Ingrid Escamilla Vargas. El tuit hace referencia a un asesinato anterior de una mujer en Estados Unidos, en el que también circularon imágenes de su cuerpo tras el asesinato. Para evitar que las fotos del cadáver aparecieran en las redes sociales cuando la gente buscaba el nombre de la víctima, su familia y amigos comenzaron a compartir fotos de cosas bonitas. El tuit de Delia animaba a los usuarios de las redes sociales a seguir la misma estrategia y “spamear” la etiqueta #IngridEscamillaVargas.
Gente de todo el mundo comenzó a publicar imágenes de flores, lagos y puestas de sol bajo el hashtag #IngridEscamillaVargas, y durante la primavera de 2020 se compartieron más de 400 imágenes. La artista suiza Zoé Aubry siguió el movimiento que se creó y decidió recopilar las imágenes y organizarlas por orden cronológico en lo que acabó convirtiéndose en el fotolibro #Ingrid. El libro de Aubry se presenta como un flujo de motivos similares, y una casi se desplaza por las coloridas y brillantes imágenes mientras los dedos pasan rápidamente de una página a otra. Es difícil fijar la mirada en una sola de ellas. Muchas de las fotografías son de mala calidad, a veces pixeladas, y los motivos parecen menos importantes que su acumulación.
En una entrevista con RTS (Radio Télévision Suisse), Zoé Aubry afirma que “las imágenes funcionan como contraimágenes, significativas en su banalidad. Lo que me interesa de ellas es que, en un principio, no se publicaron para ser vistas, sino para abordar los algoritmos y hacer desaparecer otras imágenes. La fotografía se utiliza como un arma”. En su página web, la artista describe cómo utiliza su propia práctica artística para revelar los mecanismos de exposición e invisibilización de los medios de comunicación dominantes, tergiversando la lógica de la economía de la atención mediante el uso de las llamadas “imágenes pobres”.
En el ensayo In Defence of the Poor Image, de 2009, Hito Steyerl escribe que la esencia del spam es su circulación, en contraposición a su motivo y contenido. La función del spam rara vez tiene que ver con lo que representa, sino con el flujo en el que se inscriben y al que contribuyen las imágenes (o el texto) que lo alimentan: un torrente de información en el que los elementos aparecen en diferentes configuraciones sin una conexión necesaria con su origen (y lo que representan).
El spam que @delia promovió tras la circulación de las violentas imágenes de Ingrid Escamilla tuvo la función práctica de llenar el hashtag con el nombre de la víctima, ahogando así las sangrientas fotografías. En lugar de contribuir a una nueva repetición de la violencia que había sufrido Ingrid Escamilla, las imágenes de puestas de sol y cielos estrellados apuntaban a una ausencia, a un vacío.
Al hojear el libro, sólo hay una imagen que me hace detenerme. Ésta muestra un cartel sostenido en un entorno urbano, reconocible como el centro de la Ciudad de México, con la Torre Latinoamericana al fondo. El cartel muestra un retrato de Ingrid Escamilla Vargas, con el texto: “Hermana: Tu muerte NO FUE EN VANO. Nosotras seguimos en la lucha!!! Somos tu voz!!! #JusticiaParaIngrid” (sic). La foto fue tomada probablemente durante una de las protestas que se extendieron tras el incidente en 2020, y rompe con el flujo de imágenes del libro. A diferencia de los demás motivos, esta fotografía añade una fijación del tiempo y nos conecta con la realidad fuera de lo digital.
Zoé Aubry describe la forma en que se difundieron las imágenes de la víctima en la prensa como una expresión de misoginia estructural: “El asesinato de mujeres, o feminicidio, y en este caso el asesinato de la esposa, es un fenómeno social, y la representación violenta de estos asesinatos contribuye a su normalización, convirtiéndose así en una forma de invisibilización del fenómeno”.
Ingrid Fadnes, que ha escrito mucho en Noruega sobre el feminicidio con un enfoque latinoamericano, escribe sobre el término “feminicidio” en el epílogo de la traducción noruega del libro de Selva Almada Niñas muertas (Random House, 2015):
El término femicidio, que más tarde se convirtió en femicidio o feminicidio en español, se utilizó por primera vez en el Tribunal Internacional sobre los Crímenes contra las Mujeres, un tribunal popular que tuvo lugar en marzo de 1976 en Bruselas. Fue la ya fallecida escritora y activista feminista Diana Russell quien acuñó el término. En un primer momento, el término “femicidio” se utilizó para crear conciencia sobre la diferencia entre los asesinatos violentos de mujeres y el término “homicidio”, que es neutro en cuanto al género. Según Russell, existía una diferencia explícita en el hecho de que una mujer es asesinada por ser mujer, mientras que un hombre puede ser asesinado por muchas razones diferentes.
El término “femicidio” evolucionó con el tiempo hasta convertirse en “feminicidio”, que también se refiere a las estructuras y la cultura que rodean los asesinatos de mujeres y que permiten su normalización. Marcela Lagarde, quien definió el término “feminicidio”, consideró que éste encapsulaba mejor la construcción social que subyace a los asesinatos de mujeres y la impunidad que a menudo los rodea. México tiene la segunda tasa más alta de asesinatos de mujeres en América Latina, con aproximadamente diez asesinatos de mujeres cada día, de los cuales el 3% son investigados penalmente y el 1% terminan en condena. La socióloga Anne Ryen, de la Universidad de Agder en Noruega, ha investigado la violencia contra las mujeres y afirma que, durante el periodo 2003-2023, 160 mujeres han sido asesinadas por su pareja en Noruega, frente a unos veinte hombres.
En el álbum fotográfico #Ingrid, con motivos aparentemente agradables, busco patrones, repeticiones y conexiones. El color del interior de las cubiertas de la publicación es morado, un color que se repite en el libro. El morado es también el color del movimiento Ni una menos, que comenzó en Argentina en 2015 y se ha extendido por toda América Latina. “Ni una menos”, es decir, no queremos perder a ninguna más, y el color morado también se repitió en las calles de Ciudad de México en la primavera de 2020 y en la marcha del 8 de marzo, sólo unas semanas después de que Ingrid Escamilla fuera brutalmente asesinada. Alrededor de 800,000 mujeres se reunieron a lo largo de la avenida Reforma con pancartas y carteles, vestidas con camisetas moradas. La marcha se dirigió hacia el Zócalo, frente al Palacio Nacional, en el centro de la ciudad, donde se encendió una gran hoguera en medio de la plaza y las mujeres bailaron alrededor de ella. Esto ocurrió sólo unos días antes de que la pandemia mundial de COVID se desatara con toda su fuerza y las calles se vaciaran de gente.
En la primavera de 2020, me encontraba en medio de los debates sobre los feminicidios y la lucha de género en México, que en ese momento se habían extendido ampliamente entre la población y mucho más allá del movimiento feminista y transfeminista. Entonces llegó la pandemia y el movimiento, que había cobrado un nuevo impulso en México, se desaceleró abruptamente. Lorena Wolffer, artista mexicana y activista feminista, me dijo en una entrevista: “Marzo de 2020 fue el último momento de la lucha feminista en todo su esplendor, cuando finalmente logramos poner lo que está sucediendo en este país en el centro del debate nacional. Y esto duró exactamente una semana, antes de que la crisis fuera otra. La pandemia llegó y lo disolvió todo”.
Lorena me habló además de un grupo de estudiantes que habían ocupado la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Decidí ir a verlas y, después de estar un rato merodeando por fuera de la barricada de entrada, una joven que había salido a comprar comida me permitió el acceso. Las paredes del edificio universitario vacío estaban cubiertas de grafitis, y me recibieron unas diez o doce mujeres de veintitantos años que, de forma anónima, me contaron los motivos de la ocupación de la facultad y el movimiento que habían iniciado. Las mujeres habían tomado el edificio para protestar contra la violencia de género en la universidad, y llevaban casi diez meses viviendo allí cuando las conocí. Cada día, enviaban a una de ellas a comprar comida y otros artículos de primera necesidad, y por lo demás se atrincheraban en el edificio. Las clases habían dejado de impartirse hacía tiempo.
¿Cómo es posible que toda esta violencia sexual siga ocurriendo dentro del recinto universitario sin que la dirección de la universidad haga nada al respecto? Sus sanciones no son suficientes y sus procedimientos son deficientes, así que decidimos hacer una huelga para protestar contra todo esto. [...] Tomamos la facultad, nos apropiamos del edificio y dimos un nuevo valor a las aulas. De ser un lugar violento e inseguro durante las clases, ahora se ha convertido en un lugar seguro y agradable para nosotras.
La entrevista con las jóvenes feministas anónimas formó parte de lo que con el tiempo se convirtió en un ensayo cinematográfico, con extractos de conversaciones y reuniones grabadas a lo largo de varios años en México. El proyecto trataba sobre la complicidad de los medios de comunicación en la violencia sistémica en el contexto mexicano y examinaba cómo lxs activistas mediáticos, lxs periodistas independientes y lxs artistas comprometidxs políticamente trabajaban para contrarrestar la normalización de la violencia. A lo largo de los años que trabajé en la investigación, el material y las conversaciones se centraron cada vez más en el (re)auge de la lucha de género en México.
El proyecto comenzó originalmente como una investigación para un artículo tras la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, México, en septiembre de 2014. Los normalistas se dirigían a Ciudad de México en autobuses para asistir a una conmemoración de la masacre de estudiantes que tuvo lugar en la plaza de Tlatelolco en 1968, cuando fueron atacados en diferentes lugares de la ciudad de Iguala. El trágico resultado de esa noche fue que seis personas fueron encontradas muertas, cuarenta resultaron heridas y 43 estudiantes desaparecieron. Inmediatamente comenzaron a circular versiones contradictorias sobre lo que ocurrió esa noche en Iguala y, aunque a lo largo de los años se han revelado diversos detalles, el caso sigue sin resolverse y se ha convertido en parte de un trauma nacional.
En 2015 viajé a México con una beca periodística de Fritt Ord para investigar la versión del Gobierno sobre lo que había ocurrido la noche en que desaparecieron los estudiantes, también conocida como la “verdad histórica”. El proyecto pasó de ser una serie de entrevistas e investigaciones para un artículo a convertirse en una investigación más amplia que abarcaba desde la cobertura mediática del caso de los 43 estudiantes y la contribución de los medios de comunicación dominantes a la propagación del miedo y la desensibilización ante la violencia en el contexto mexicano, hasta la respuesta de los activistas mediáticos y los periodistas independientes. Durante el período 2015-2022, realicé entrevistas y conversaciones, documenté viajes y recopilé películas y otros materiales mediáticos independientes que trataban sobre las desapariciones y temas relacionados.
Para resumir el proyecto, en la primavera de 2022 invité a algunas de las personas clave con las que había hablado a lo largo de los años a una proyección del material y a un diálogo colectivo final: un grupo de activistas mediáticos, periodistas, feministas y artistas. Nos reunimos en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco, en la Ciudad de México, y juntos vimos extractos de películas y entrevistas. Hablamos de las imágenes que vimos y discutimos qué estrategias podemos utilizar quienes trabajamos con imágenes, películas y proyectos discursivos para contrarrestar el bucle de retroalimentación de la violencia en el contexto mexicano y, más allá, en un contexto digital global. Este fue el motivo central del proyecto cinematográfico ensayístico titulado Images [and Talking Back to Them], que se exhibió en 2023 en la Casa de los Artistas de Oslo y en 2024/25 en el Laboratorio Arte Alameda de la Ciudad de México.
La filósofa, poeta y transfeminista mexicana Sayak Valencia escribió en su libro Capitalismo Gore (2010) sobre el papel activo de los medios de comunicación en un ciclo de retroalimentación de violencia sistémica en México. Describe cómo los medios de comunicación preparan a los espectadores para la presencia de la violencia, lo que hace cada vez más difícil distinguir entre la realidad y la ficción, construyendo así a una actitud acrítica y pasiva en la población. Lo que Valencia denomina “prácticas gore” se normalizan a través de los medios de comunicación y contribuyen a “la normalización de la muerte”.
Sayak Valencia fue una de las participantes en la conversación colectiva del CCU Tlatelolco y, en un debate sobre la función del montaje en el panorama mediático multifacético actual, reflexionó sobre cómo la insistencia constante en la inmediatez de nuestra realidad digital contribuye a ocultar, e incluso a borrar, nuestros recuerdos:
Los montajes de los medios dominantes tratan de eliminar nuestros recuerdos colectivos creando narrativas súper lineales. Las redes sociales hacen lo mismo, eliminan nuestros recuerdos creando momentos y momentos y momentos... a través de una sobreproducción de imágenes. [...] una vez que te has visto arrastrado a una imagen, no puedes dejar de mirarla, pero en realidad ocurre lo contrario: el capitalismo digital trabaja para que dejemos de mirar, para asegurarse de que no tengamos una producción activa de recuerdos. Porque si la tuviéramos, ahora estaríamos todos en la calle.
Volvamos al tuit de @delia, que animaba a la gente a llenar el hashtag con el nombre completo de Ingrid Escamilla Vargas, para burlar los algoritmos y crear así un archivo digital que contrarrestara la sobreexposición de la violencia misógina por parte de la prensa sensacionalista. El movimiento tuvo una función muy real y, a raíz del suceso, las protestas y quizás también de este movimiento, se introdujo una enmienda en el Código Penal mexicano que recibió el sobrenombre de Ley Ingrid. Esta ley sanciona a personas, incluidos funcionarios públicos, que “difundan, revelen, publiquen, distribuyan, fotografíen, filmen, reproduzcan, comercialicen, ofrezcan, intercambien o cedan imágenes, vídeos, grabaciones de audio o documentos del lugar de los hechos sin autorización”.
Esto puede considerarse una victoria importante para un movimiento como #IngridEscamillaVargas, pero al mismo tiempo la organización Articulo 19, una organización internacional creada para proteger a los periodistas, señala que la ley está redactada de tal manera que también tiene un lado negativo. Una interpretación maliciosa puede dar lugar a la retención de información y, en un país como México, donde nueve de cada diez casos penales quedan impunes, ha sido precisamente la prensa la que ha contribuido a que los casos salgan a la luz y se investiguen.
La realidad digital actual hizo que los movimientos #IngridEscamillaVargas y #JusticiaParaIngrid se internacionalizaran y dieran una nueva dimensión a la resistencia contra la violencia misógina y su normalización, pero ¿qué significa archivar un movimiento que tuvo lugar en una realidad digital y crear un álbum de fotos analógico como #Ingrid?
La distancia analógica con respecto a los medios que difundían imágenes de prados floridos y puestas de sol convierte al fotolibro #Ingrid en una forma de archivo de una estrategia digital. El libro lleva el movimiento de vuelta a una realidad no digital, lejos del teclado (AFK, como describe Legacy Russel en el libro Glitch Feminism), y al hojearlo se establece una conexión con lo digital y con #IngridEscamillaVargas. Y así tal vez se repare la ruptura que se ha producido entre el spam y su falta de conexión con un origen, y el libro se convierta en una pequeña contribución para contrarrestar el trabajo del capitalismo digital de eliminar nuestros recuerdos colectivos en una realidad digital, como menciona Valencia.
También es imposible pensar en la distribución digital de imágenes y la violencia sin mencionar lo que hemos presenciado en Gaza desde octubre de 2023. Durante más de dos años y medio (y sigue), muchos de nosotros, según nuestras preferencias personales y algoritmos posteriores, hemos sido testigos cotidianos y distantes de montajes digitales en redes sociales que han incluido, entre otras cosas, imágenes gráficas de víctimas de crímenes de guerra en Gaza: un genocidio retransmitido en directo. Entre estas imágenes e información compartida, también hemos recibido información y testimonios esenciales —resultado del periodismo ciudadano de una zona que ha permanecido cerrada a la prensa internacional durante largos periodos— en una guerra que también se centra en la información que se comparte y la que no, y donde los periodistas son blancos activos.
Y es precisamente aquí donde un archivo selectivo de las imágenes que hemos observado y los testimonios que hemos escuchado puede ser crucial en la lucha contra la amnesia política y la impunidad de quienes cometen estos crímenes de guerra. Las imágenes que decidamos conservar y las directrices éticas que sigamos serán cruciales para garantizar la preservación de la dignidad de las víctimas, a la vez que se mantienen las estrategias digitales de periodistas y activistas que han proporcionado, y continúan proporcionando, información vital desde Gaza en tiempo real, y más allá. Esto es para que la importante labor de la cineasta palestina Bisan Owda y otros no quede silenciada y nos llegue con imágenes, información y testimonios que ayuden a mantener la memoria colectiva y a que no dejemos de salir a la calle.
Foto: Sara Eliassen, 2020.
[1] El texto original es: “On February 9, 2020 in Mexico City, a 25-year-old woman named Ingrid E. V. was murdered by her companion. Grisly photographs of this femicide committed by Erik Francisco Robledo Rosas, taken at the scene of the crime by the authorities, were avidly circulated by Mexican tabloids…”. [n. del e.].
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Texto publicado el 13 de marzo de 2026.