Por Rodrigo Castillo
¿Usted cree todavía en la hinchada y en los ídolos, Domecq?
—Luis Jorge Borges y Adolfo Bioy Casares, “Esse est percipi”
Si yo fuera Maradona viviría como él
Porque el mundo es una bola que se vive a flor de piel
Si yo fuera Maradona frente a cualquier porquería
Nunca me equivocaría
Si yo fuera Maradona y un partido que ganar
Si yo fuera Maradona, perdido en cualquier lugar...
—Manú Chao, “La vida tómbola”
A las 12 del día del sábado 28 de marzo, a las afueras del Estadio Azteca, se llevó a cabo una verbena pambolera para poner en entredicho las políticas públicas (es un decir) que el gobierno de la Ciudad de México ha implementado ahora que dará inicio la Copa del Mundo 2026. Con cascaritas, acciones culturales y cierres viales sobre la Calzada de Tlalpan un grupo de vecinos del coloso de Santa Úrsula, acompañados de activistas, irrumpieron en lo que debió ser un festejo por el regreso del Tricolor a su casa luego de la remodelación ex profeso para el mundial. La llamada Mega reta vs la FIFA escribió en sus redes “por el agua, el derecho a la vivienda y porque hay más desaparecidxs que kupo en el Azteca. Tarde pinta y fucho AntiFiFA”. La cabeza de Donald Trump rayada con la pinta Fuck ICE y Gringos Go Home se usó como balón para echarse unas dominadas y rematar a bocajarro.
Ese mismo sábado, a la misma hora, el Museo Jumex inauguró la muestra Fútbol [sic] y arte: esa misma emoción (también es un decir) mediante una mesa en la que participaron Mauricio Rocha, Tercerunquinto (Gabriel Cázarez y Rolando Flores), Diego Berruecos, Sofía Echeverri e Iñaki Bonillas, moderados por Tania Ragasol.
A las afueras del Azteca la cáscara callejera accionó los primeros pasos de las protestas ante la falta de planeación urbana, contra el uso excesivo de agua en favor de una turistificación permisible y la indolencia de las autoridades frente al gasto público en un espacio ahora llamado Parque Mundialista, a sabiendas, claro está, que el Gobierno de México fue el único de los tres países organizadores del mundial que exentó el pago total de impuestos a la FIFA.[1] Por si fuera poco, hoy las trabajadoras sexuales de Tlalpan disputan una reta poco amistosa contra los bikers: la ciclovía les quitó espacio para que los clientes se acerquen sin bajarse de sus coches. Algunos le llaman limpia, otros indolencia.
Adentro del Museo Jumex el futbol está en otra parte. La mirada blanca nuevamente colocó esa “cosa” masiva —el balompié— que tanto gusta a obreros, niños de favelas, mafiosos y a los incultos como un fenómeno disfrazado de alta cultura. Lo llamaré mejor: Sportswashing. Ragasol lo dijo el día de la mesa más o menos así: una exposición que parece un “acto oportunista” pero que, luego de pensarlo bien y aunque a ella no le gusta el futbol, pudo apreciar como “un acierto”.
Para fines de este texto, traigo a colación un par de versos de Arthur Rimbaud incluidos en Una temporada en el Infierno: “¿A quién alquilarme? ¿Qué bestia hay que adorar?”. El asunto aquí es que Paul Verlaine no le disparó a nadie en la muñeca. Digamos lo que es: los dueños de Jumex y de Televisa vertieron sus fantasías mundialistas en un cubo al que sí se le debe celebrar un hermoso caño, la museografía, pero al que debemos confrontar debido a su tibieza curatorial, al desconocimiento y, por mucho, a un desentendimiento del deporte y de lo deportivo por parte de Guillermo Santamarina y Kit Hammonds. Y, claro, está también un grupo de artistas a los que les viene bien “adorar a las bestias” para mostrar su trabajo en Jumex, quien para muchos es el museo de arte contemporáneo más relevante en México (claro, esto se puede poner a discusión). Y ya que hablamos de disparos, la historia de Salvador Cabañas hubiera sido una gran pieza tratada desde el archivo judicial de la PGJ capitalina, pero traerlo a la memoria reciente es someter el poder al escrutinio público, asunto que a Televisa y a la misma Procuraduría (ahora Fiscalía) no vendría del todo bien en su propia fiesta.
Lo que no existe en la exhibición es una elaboración bien razonada —y racionada— sobre lo que el futbol actual resignifica y resimboliza. Lo que acecha es, en esencia, un cúmulo de objetos onanistas enfocados en esféricos, travesaños, tachones y una noción más o menos rascuacha del ready made popero de inicio de los dosmiles mexicanos, aunque la muestra va más allá de los fetiches nacionales. Reunir obras dimensionadas en torno de una práctica vertiginosa como es el futbol actual genera que las condiciones materiales y la producción de obra de un grupo de creadores se descuaje no por falta de ocurrencias, que las hay y muchas, sino por el líquido amniótico en el cual se gestaron en su gran mayoría durante 2025 y 2026. Su impronta es su propia desaparición del imaginario. La velocidad de uno, el futbol, es la sentencia ante el cadalso del otro, el arte actual. Santamarina lo escribe en su texto incluido en el catálogo de la muestra, al que suma el subtítulo “(junto a una cascada de pensamiento”): “yo, que no lo practico [el futbol], que no me acerco a este de ninguna manera, que no sigo a ningún equipo, que no conozco a ninguno de sus protagonistas, etcétera, es una confesión que hoy día a muchos resulta desatinada en función de las dinámicas sociales habituales”. No tenía por qué hacerla explícita, pues la falta de entusiasmo por un deporte que no ve y que no practica se nota en los muros, en la falta de imaginación, en la reunión de piezas abismalmente contradictorias. No hay emoción y sí cumplimiento. Las caricias que el curador pudo darle a la mimosa —el balón— se perdieron entre representaciones colmadas de elementos cliché del balompié. Al esférico se lo trata con amor, independientemente de si hay técnica o si se es un tronco. Uno debe patear una pelota para saber cuál es la medida (in)justa de una experiencia ética y estética. Me decía un amigo, uno tiene que calzarse las zapatillas. Por eso Mauricio Rocha —con quien he distribuido el juego en el Ajusco— supo dar en el clavo pues, jugador de toda la vida al fin y al cabo al presentar una serie de cuadernos de su infancia (Apuntes de futbol Tomo I, II y III, 1974-1977), pero hasta ahí. La museografía, elaborada por el Taller de Arquitectura recreó dos universos, la cancha llanera y el vestidor. En el primero, el espectador puede sentir bajo sus pies la textura de uno de los materiales clave del futbol de barrio, la tierra.
Para curar una muestra como ésta el intelectualismo tiene que morir. Y Hammonds reafirma lo que Santamarina ya dijo en su texto. Sólo que a él le da más por pensar la historia lineal de esta práctica. No porque la piense mejor, sino porque se sacudió la pereza, así que nos interpela con sentencias como “Aunque el futbol pueda considerarse un arte, el deporte y el arte no son compañeros naturales. Parecen existir en universos oblicuos…”, o “los artistas suelen criticar la cultura en sus obras de todo tipo, al igual que lo hacen los seguidores en los deportes”. Creo que es todo de parte de Hammonds en su texto del catálogo, llamado “El bello juego”. Lo demás se le va en citar a Benjamin, Foucault, Adorno y Brecht punteado con Critchley, Walker, Kramer y Strozek, y Crawford. La mirada blanca que, como veremos más adelante, desconoce a Fontanarrosa, Cappa, Baldassi.
Juan Villoro sonetista está pegado en una puerta de cristal en el Olvido Mayúsculo. Un soneto que, por cierto, nos deja ver que el arte mayor no es precisamente la gambeta ingeniosa a la que nos tiene acostumbrados el autor de El testigo. Durante el recorrido no hay textos inteligentes ni sensibles; Ángel Cappa pasó de noche; si acaso por ahí hay una reminiscencia a Eduardo Galeano, nada de pensamiento latinoamericano contemporáneo en torno a lo que se vive en las canchas y fuera de ellas y sí ideas de lo que puede representar, aunque bajo el toque fallido que quiso ser de tres dedos y terminó en un punterazo. ¿Cómo dejar de lado a Héctor Baldassi, las genialidades de Fontanarrosa, Fiebre en las gradas de Nick Hornby, el básico de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares Crónicas de Bustos Domecq? La literatura no fue invitada a la gran ceremonia de la emoción. Era lógico. Ir más allá del futbol mediante el arte requiere atravesar las capas de la historia política de este deporte. Lo anoto por lo que el curador invitado dijo en rueda de prensa, la exposición “no se queda únicamente en la aventura de la experimentación con los objetos del fútbol [sic], sino con todas esas capas que van hacia lo social, hacia la historia y hacia los compromisos de hoy.” Esto último peca de fantástico: Berruecos e Iñaki Bonillas dijeron que fueron “condicionados” para sumarse al guion: trabajar exclusivamente con la colección y archivo de Fundación Televisa. Enorme compromiso del presente, como pidió Santamarina.
La pieza de Berruecos es otra afortunada ocurrencia: meterse al archivo y luego de un buen rato generar un video loopeado con los tiros penales fallados en partidos importantes por la selección mexicana en diferentes periodos. ¿Provoca risas, desesperación, incomodidad? Lo único que ya sabemos es que todos son tiros errados y el chiste se acaba pronto. Para crear tensión Berruecos hubiera sumado a la pieza la otra ocurrencia dicha por Enrique Peña Nieto cuando soltó en el viejo Twitter: “No era penal”, pero es casi seguro que el apellido Robben no figuró entre la agudeza de la colaboración entre Institución y Artista. Por cierto, la pieza México vs. Brasil (2004) de Miguel Calderón, ¿por qué no se mostró? ¿Qué fisura hubo para que un video tan relevante no fuera considerado por Santamarina?
Bonillas, que dijo haberse formado como fotógrafo, usó una serie de 72 retratos de jugadores tirados en el pasto. El gesto es lindo. Su ubicación: los casilleros en el sótano del Museo. De los 72 jugadores se conforma también un álbum tipo Panini llamado “Así mi sol una mañana brilló”, que aspira a ponerse a la altura del Soneto 33 de Shakespeare “Full many a glorious morning have I seen”. Algo hay de erotismo en los retratos de Bonilla que Joyce Carol Oates también supo ver en su ensayo “On boxing”, cuando su padre la llevaba al encordado y miraba los torsos desnudos de los peleadores en las arenas, lo que la hacía pensar en Mike Tyson. Hablando de “escenarios”, el de Tercerunquinto es una gradería entrecruzada situada en la explanada del Museo. Obra también comisionada por los magnates del jugo y de la Femexfut, los artistas tuvieron una actuación floja, se deshidrataron antes del minuto 15. Salieron a la cancha bajo el mandato de dos técnicos americanistas que dijeron a la dupla qué hacer: usar las butacas que antes estaban en el Estadio Azteca y a éstas colocarles placas con los nombres de jugadores. A estas alturas no recuerdo si fue Azcárraga el que propuso el sillaje —o si dio el permiso de usarlo— o al revés, poco importa. Esta escultura lleva por nombre, literalmente, Tribunas (2026) y algo parecido al uso de este ejercicio puede verse en la exposición Futbol: Diseñando una Pasión en el Museo Franz Mayer. Ojo al uso de la butaca, no de la ejecución.
Cuando el balón rodó en la década de los treinta en México, el franquismo mantuvo a dos equipos en el torneo, el Real Club España y el Asturias; de este último club, está vívido el recuerdo de aquel incendio cuando el Necaxa visitó el parque asturiano, donde Fernando Marcos pitó un penal en contra de los visitantes, lo que provocó que la hinchada enloqueciera y con ello llegara el fin de los estadios construidos con madera (por ejemplo, aquí Tercerunquinto pudo haber revolucionado sus Tribunas). En el mismo año del 39, la izquierda española registró a jugadores en clubes nacionales. Venían de recorrer Europa con el Club Deportivo Euzkadi. Cuando Nacho Trelles llevó a la cúspide al Zacapetec de la década de los cincuenta, el América de Azcárraga padre se encargó de desmantelar a billetazos a los cañeros para que luego el nido de Coapa tuviera con qué medirse. De ahí viene su era dorada. Del club y de la televisora. Lo anterior son ejemplos sencillos anclados en lo nacional: nada de esto está en la muestra, que es lo mínimo que uno espera ver en esas “capas que van hacia lo social, la historia...” de las que Santamarina habla. De los “compromisos de hoy” hay tantos que es difícil saber cuáles son. Pero atino a uno, al del género, que más forzado no pudo darse. Si bien el inicio del recorrido cuenta con la potencia de la pieza sonora de Paul Pfeiffer mientras se recorre un túnel, al salir de éste y de la nada aparece la selección mexicana femenil y su participación en el Mundial México 1971: bordada, deshilada, cosida en la pieza Dechado de impedimentos (2026), instalación de la artista Sofía Echeverri. De hecho, la historia de las pamboleras sorprendió a la tapatía misma, quien hasta hace poco no tenía idea de los pequeños inconvenientes que el seleccionado femenil atravesó durante dicho año y no se diga el previo. Pero como pasa siempre, la historia importante, la que tiene que narrarse, no está en los dechados. Esther Mora una vez más quedó al margen. La colectividad cool corre en contra de la individualidad tan woke, y la genia, que llegó al futbol italiano, que a los diez años fue la primera mujer en convertir un gol en una portería del Estadio Azteca —¿nuestra pequeña Maradona?—, otra vez se perdió entre las líneas de cal que delimitan el terreno de juego. Debe ser la emoción del futbol. Lástima, a partir de hoy Maribel Domínguez, Charlin Correa y Katia Itzel García pueden ver cómo pinta el futuro para sus figuras en los museos. O no, por buena fortuna Fernanda Eserod y Pamela Zeferino —quienes no están en la exposición de Jumex— ya crearon dos imaginarios pamboleros de los que hablo al cierre de este texto.
Pero no todo está mal. No todo es precisamente un foco de infección antifutbolera, hay piezas que sobresalen ante la laxitud temática de la visión curatorial. El video Children Game #19: Haram Football de Francis Alÿs funciona donde se exhiba. Es lo más poético y potente que la muestra tiene. Si se proyecta en el Papalote Museo del Niño o en el Museo del Mariachi va a cumplir. Así también la serie de cuatro temples de Franco Aceves Humana Cabezazo en cámara lenta (2010), en la que Zizou (Zinedine Zidane) propina un testarazo al central italiano Marco Materazzi en la final de la Copa del Mundo 2006. Detrás de esta serie hay una historia arbitral que sólo pocos pueden leer; de ahí que el francés se vaya expulsado entre agaves. A los gobelinos de Hassan Musa, La lutte de Jacob avec la FIFA (2019) y Fulgor y sombra, en un campo de tierra donde antes había un basural, encontré la pasión de los míos (2025) de Néstor Jiménez, los sumo a los aciertos. El primero hace una crítica light del corporativismo FIFA, del segundo hablaré más ampliamente. Jiménez es un artista que viene de la base. Su obra se ha sostenido a lo largo de los años bajo una línea política y crítica de las prácticas hegemónicas sobre el trabajo. En su concepción del hombre, Fulgor y sombra... revela una necesidad de conflicto tan necesaria dentro de la narrativa, tensa la idea de progreso sometida al antagonismo entre el fascismo y el socialismo en el siglo viejo. Los hermanos Fulgor y Sombra son, a fin de cuentas, quienes disputan sobre la cancha las ideologías en torno al deporte. Hay otra obra de Jiménez que bien dialoga con los hermanos en el campo de tierra: Obrero y parásito (2023) que por el momento se exhibe en Solar Tacubaya. No está demás traer a cuento sus piezas pamboleras Nueva Aztlán (Roque Dalton) (2019) y el video Pata de palo (2012), que trabajó con el estímulo del Programa bbva-macg, dentro de la muestra Parasitage. Ruidos negros.
Los grandes faltantes: Gabriel Orozco y sus Atomist y Atomists: Asprilla, ambas de 1996; Acuerdo nacional (2017) de Mariana Dellekamp; Obra secretamente titulada Arriba y adelante... y si no pues también (1970) de Felipe Ehrenberg; Donde las palomas hacen su nido (2008), la instalación sobre la escultura de Alexander Calder creada por Iker Vicente, toda la parafernalia de los rojinegros del Atlas trabajada por Joven aprendiz en Obreros de la Cultura Futbol Club O.C.F.C.; La Poesía es irrelevante de Jorge Méndez Blake; los Balones de futbol del Dr. Lakra; De lo documental a lo autobiográfico (2019), instalación de Rodrigo Nagore a las afueras del Estadio Coruco Díaz de Zacatepec; la serie de piezas El milagro de Neza (2022) de Fernanda Eserod; Tsunami. La ola que derrotó al Estadio Neza 86 de Pamela Zeferino; y, como mencioné antes, la gran ausencia: México vs. Brasil de Miguel Calderón, de 2004. También se cocina una exposición que promete ser realmente crítica y no una ensoñación del poder: La Quiñonera lanzó la convocatoria para que, dentro de las actividades del AntiFIFA FanFest, se muestre obra mediante escritos, performances u otros proyectos.
El cierre de este texto debe leerse con la entonación que Enrique el Perro Bermúdez daría a un tiritititeeeee: “Fútbol y Arte: “¡Tinlarilazeeeeeeee!”, tremendo calcetinazo remendado gracias al poder económico de las bestias rimbaudianas, a las que, de hecho, el poeta francés aborrece. Mientras tanto, las protestas antiFIFA, antiMundial, antiGobierno, continúan y se fortalecen. No vaya a ser que la jefa de gobierno (es un decir) se duerma y se aplique el Gol en contra (Brazil’s Own Goal) como pasó en el territorio verdeamarela en 2013 y durante 2014.
[1] “La exención se aprobó mediante la Ley de Ingresos de la Federación 2026 y deberá renovarse cada año hasta 2028, según lo estipula el contrato, evitando así una reforma o modificación a la ley fiscal”. Véase https://www.espn.com.mx/futbol/mundial/nota/_/id/15925556/mundial-2026-mexico-exencion-impuestos-fifa.
Las opiniones vertidas por los colaboradores o invitados de Revista Cubo Blanco son responsabilidad exclusiva de quienes las emiten y publican, por lo que no representan, necesariamente, la postura de Revista Cubo Blanco respecto de cualquier tema.
Texto publicado el 15 de mayo de 2026.