Por Fernanda Torrescof
Pienso que hay algo repulsivo en las entrañas. No necesariamente por lo que son, sino por la reacción que en mí provocan, incluso cuando sé que forman parte de mi propio cuerpo, es decir, de lo que soy. Sin embargo, verlas expuestas parecen contradecir esa familiaridad. No encuentro nada estético ni placentero en ellas. Es desde aquí que busco entender qué hay detrás de ese rechazo o desconocimiento, del límite que mi entendimiento establece entre el cuerpo visible y los órganos que permanecen ocultos, esa tajante frontera que los divide. Pues sí la hay: es la piel.
En su muestra Entrañas, en el Museo Universitario del Chopo, los artistas Erik Tlaseca y Wynnie Mynerva cuestionan las líneas divisorias entre el cuerpo, los órganos y el espacio. Para ello, recurrieron a una instalación, cuyos materiales permiten asociarla con una estructura arquitectónica, y una serie de pinturas de gran formato. Un andamio de metal interviene la sala donde se presenta la exposición, pero esta asociación formal no implica necesariamente que la obra remita al espacio arquitectónico como tal. La estructura está recubierta por trozos de tela desgarrados, amontonados y colgados, cuyas cavidades desdibujan el límite entre el afuera y el adentro.
La instalación no representa un cuerpo específico. A simple vista, la tela cruda y descosida remite a la piel que recubre el esqueleto y protege los órganos del exterior. Sin embargo, la tela conserva las marcas de una intervención: fue cortada, abierta y separada de aquello que antes mantenía unido. Dicho gesto produce formas cóncavas que aluden a heridas profundas y permiten entrever el espacio exterior y el que se encuentra debajo de la piel. A través de estas aberturas, ambos espacios se revelan como partes de una misma unidad corporal. En este sentido, el espacio y el cuerpo dejan de concebirse como entidades ajenas entre sí para adquirir una relación de continuidad.
Entrañas no se interesa por la función vital de los órganos. Ni siquiera los menciona. No los representa ni los distingue. Uno como espectador lo intuye al entrar en la instalación y observar una especie de esculturas blandas o piezas textiles de formas orgánicas que evocan intestinos caídos, tripas, vísceras.
Lo que me parece curioso es mi relación con la pieza. Mi primera impresión fue erótica; pensé en sexo, fluidos, carne y humedad. Después, conforme me acerqué a la instalación, pensé en heridas y cavidades; en órganos. Así que mi segunda impresión fue visceral. Pero antes, estuvo el deseo. Lo que al principio parecía una invitación al placer comenzó a adquirir una condición incómoda. Me tomé un tiempo para pensar en lo deseable de aquello que, por lo general, preferimos no mirar, como lo viscoso y lo pegajoso. También pensé en las asociaciones mentales que nos llevan a relacionar el rojo con la sangre. Sin embargo, incluso ante la misma sangre, hay distintos grados de repulsión. El fluido no es siempre el mismo; tampoco lo es la sensación que provoca. En ese momento me pregunté: ¿qué vemos cuando miramos la instalación? ¿un cuerpo abierto? ¿una acumulación de órganos? ¿una superficie rasgada? Depende. Las formas no terminan de revelar qué son. Su ambigüedad permite que una misma cavidad evoque una herida, un orificio corporal o una formación geológica: he ahí la relación entre el cuerpo y el paisaje.
La piel es el órgano del tacto, la materia que se expone el exterior y a través de la cual queda registrada la experiencia. Al mismo tiempo, establece un límite entre el adentro y el afuera, y protege aquello que no está hecho para ser expuesto. En Entrañas, ese límite pierde su condición divisoria. Las cavidades de la tela invitan a mirar hacia el interior de la instalación y despiertan la curiosidad por lo que hay detrás. Aunque la disposición permite al espectador adentrarse en ella, esa posibilidad no resulta evidente a primera vista. La incertidumbre despierta el deseo de entrar, pero también plantea una pregunta: ¿dónde termina ese límite y hasta dónde es posible avanzar? De esta manera, el público no sólo se adentra en otro espacio, sino en otro cuerpo. Un espacio-cuerpo; un cuerpo otro.
En el contexto de Entrañas, ¿qué significa atravesar la piel del otro? ¿En qué consiste esa acción? La hoja de sala menciona que los artistas entienden el cuerpo como un organismo sedimentado en lo colectivo, donde no hay individualismo como tal. No hay un organismo propio, sino una relectura de lo que ya conocemos. El cuerpo ya no es un cuerpo, es un cuerpo-espacio. Y ese cuerpo-espacio es un organismo vivo: uno, no dos. Incluso la colaboración entre ambos artistas responde a esta idea. No se trata de dos trabajos separados, sino de una fusión de sus prácticas. Me parece pertinente la manera en que lo abordaron, porque nos invita a cuestionarnos si realmente lo que hacemos es genuinamente propio; nunca lo es, no del todo. Estamos atravesados por otros cuerpos. También por el espacio, como señala la instalación. Nos atraviesan la memoria compartida, los afectos y el deseo; también la intimidad, el sexo, el clima. En general, la vida. Y todo lo que nos atraviesa nos marca, deja un rastro que evidencia que ya nunca nada vuelve a ser igual.
En este punto, me interesa distinguir entre el cuerpo como paisaje y el cuerpo como espacio. Entiendo que la referencia al paisaje puede surgir de las formas que componen la instalación: las superficies, los pliegues, las cavidades y la acumulación de tela pueden asociarse con montañas, suelos, cortezas o formaciones geológicas. Sin embargo, durante mi recorrido por la pieza no experimenté el paisaje como su asociación principal. Pensé, ante todo, en un cuerpo que podía habitarse y atravesarse y no en la contemplación de una geografía. ante todo, me inundó la posibilidad de entrar en una corporalidad que deja de permanecer cerrada sobre sí misma.
Me pregunto si la simbiosis entre cuerpo y espacio no comienza precisamente cuando dejamos de concebir los órganos como piezas aisladas cuya única función consiste en mantenernos con vida. En la instalación, las formas orgánicas no presentan una organización anatómica reconocible. No es posible reconocer con certeza dónde termina una forma y comienza la siguiente. Parecen estar unas dentro de otras, como si una surgiera del interior de otra. El cuerpo deja de aparecer como una estructura organizada y se convierte en una acumulación de formas blandas que se afectan entre sí.
De igual manera, considero relevante la posibilidad de recorrer la instalación desde distintos ángulos. La mirada debe desplazarse hacia arriba, hacia atrás y hacia los lados. La estructura obliga al cuerpo a cambiar de posición y a reconocer que no existe una perspectiva capaz de abarcar la pieza por completo. Al recorrerla, el cuerpo toma conciencia de que también ocupa un espacio y modifica su relación con aquello que observa. Dejamos de contemplar un objeto para experimentar una proximidad que vuelve inciertos los límites entre ambos.
Algo de lo que ocurre entre dos cuerpos permanece en ambos, aunque cada uno lo experimente de manera diferente. En este sentido, me interesa pensar las entrañas como un espacio donde también queden inscritas nuestras experiencias. Cuando decimos que una emoción es visceral, hablamos de algo que sentimos con tal intensidad que parece atravesarnos por dentro. Lo visceral es también una manera de nombrar lo que nos afecta antes de que podamos ponerlo en palabras, incluso cuando nos incomoda o llega a provocar repulsión.
Al salir de la instalación, a la izquierda, un muro rojo presenta una serie de cinco pinturas de gran formato, cuya paleta de colores —rojos, grises, rosas, blancos y morados— coincide con la de la instalación. Sin embargo, la relación entre ambas propuestas no se limita al uso del color. En las pinturas, como en la instalación, reconocemos formas corporales sin llegar a identificar una anatomía definida. Las extremidades, los pies, las uñas y los dientes sugieren distintas posibilidades de simbiosis entre varios cuerpos, como si sus partes pudieran combinarse sin responder a una organización anatómica reconocible.
Pienso estas pinturas como las entrañas mismas: formas que hacen visible lo que sentimos visceralmente, aunque no podamos definirlo con precisión. Esta lectura me permite encontrar una relación entre las pinturas y la instalación sin reducir unas a una extensión de la otra. Mientras la instalación propone un cuerpo que puede atravesarse, las pinturas presentan una corporalidad que se construye sobre el lienzo a partir de fragmentos y asociaciones.
También importa la manera en que están montadas. Cinco pinturas ocupan una cara del muro rojo y las otras tres se encuentran en la cara perpendicular, por lo que es necesario rodear la esquina para contemplar la serie completa. El recorrido interrumpe la visión de conjunto: las ocho pinturas no se ofrecen simultáneamente a la mirada, sino que aparecen conforme nos desplazamos. Su gran formato, además, obliga a levantar la vista para observarlas. A diferencia de la instalación, en la que el cuerpo del espectador puede aproximarse al interior de la estructura, las pinturas mantienen esa corporalidad sobre una superficie que se contempla desde fuera. Esta diferencia me parece importante: ambas propuestas evocan el cuerpo, pero no producen la misma relación con él.
Finalmente, me pregunto hasta dónde se extiende el cuerpo que propone Entrañas. La paleta de colores y las formas orgánicas establecen una continuidad con la instalación, pero no eliminan la distancia entre ambas propuestas. Mientras la instalación permite recorrer y atravesar una estructura, las pinturas permanecen sobre el muro y se contemplan desde fuera. Aunque reconozco en ellas una extensión de la corporalidad que propone la instalación, ¿es suficiente esa continuidad para pensar ambas propuestas como partes de un mismo cuerpo?
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Texto publicado el 30 de octubre de 2026.