Por Edgar Alejandro Hernández
El 1 de julio el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) anunció mediante un comunicado que “renueva su modelo de conducción artística”, lo cual se traduce en la cancelación de la figura del “curador en jefe”, cargo que ocupó hasta junio pasado Lucía Sanromán. Tal figura será sustituida por un “equipo colegiado” integrado por Tatiana Cuevas, directora del museo, y Alejandra Labastida y Julio García Murillo, nueva subdirectora Curatorial y el ya existente subdirector de Programas Públicos, respectivamente. Si bien la notificación define este cambio como una “evolución institucional”, en los hechos estamos ante una medida de concentración de poder que marca el fin del único contrapeso real a la dirección general del museo, gesto muy ad hoc con el clima político de la actualidad (alguien llamó a este cambio estalinista y me hizo sentido).
Es normal que la directora general del museo tenga desacuerdos con su curadora en jefe, pero hoy sabemos que esta fue la tónica que marcó la relación entre Cuevas y Sanromán y que provocó la prematura salida de esta última. Hay que recordar que Sanromán sustituyó a Cuauhtémoc Medina en noviembre de 2024 y su despido o renuncia se anunció veladamente en febrero de 2026, al darse a conocer que sería la co-curadora de la Bienal de Liverpool 2027. ¿Cuál fue el proyecto de Sanromán como curadora en jefe del MUAC? ¿Qué provocó su salida luego de apenas año y medio de haber asumido el cargo? ¿Qué consecuencias provocaron los desacuerdos reconocidos por gran parte de su equipo, aunque nunca de manera pública?
Recuerdo una charla informal que tuve, durante una inauguración en el propio museo, con dos agentes que en algún momento trabajaron ahí. La plática partía de la sorpresa que tenían ambos al haber llegado temprano a la muestra y ver que aún se colocaban las cédulas de algunas obras. Sin ambages, uno de mis interlocutores sentenció: “Eso hubiera sido imposible con Graciela de la Torre (directora del MUAC de 2008 a 2020)”. Me aventuro a especular que el choque entre la dirección general y la curadora en jefe sí tuvo consecuencias en la operación cotidiana, y que el atropellado montaje que atestiguamos fue una de ellas.
Ahora bien, sería ingenuo pensar que una confrontación horizontal entre las dos personas con mayor autoridad dentro del recinto fuera improductiva. Todo lo contrario, o al menos esa fue mi experiencia cada vez que me tocó presenciar las perspectivas, en ocasiones antagónicas, de Medina y De la Torre durante los ocho años que ocuparon los puestos de mayor jerarquía del museo en cuanto a programación se refiere. Incluso puedo asegurar que, en muchos casos, ese desacuerdo resultó productivo, pues, más allá de sus diferencias, ambas partes lograron impulsar un mismo proyecto curatorial, aun cuando ello implicara dejar en pausa sus preferencias personales.
Esto fue posible en gran medida porque el trato entre De la Torre y Medina fue siempre entre iguales. La trayectoria de ambos permitía que, más allá de la relación laboral jerárquica, se diera una discusión entre pares. Podemos imaginar que no ocurrirá lo mismo entre Cuevas y la dupla que componen ahora Labastida y García Murillo. La verticalidad aquí es notoria, ambos subdirectores son y seguirán siendo sus subordinados, por más que se quiera ocultar el hecho mediante un supuesto “modelo de trabajo transversal y colaborativo”. El propio boletín es claro en este sentido, porque no anuncia que Labastida sustituirá a Sanromán en su encargo, sino que se integra a un nuevo esquema de trabajo. Su responsabilidad y/o autoridad dentro del museo no será equiparable. El comunicado nos dice, entre líneas, quién concentrará el poder de decisión: “Esta evolución institucional, impulsada bajo la gestión de Tatiana Cuevas Guevara…”.
Inmersos en un régimen político que ha apostado por la precarización laboral dentro de todas las esferas públicas destinadas al campo cultural, no puede obviarse la pregunta acerca de qué justifica la supresión de una plaza de curador en jefe en un museo público, que perfila, en el mediano plazo, una crisis dentro de su equipo de trabajo. Tampoco puede ignorarse el desequilibrio laboral que esta decisión conlleva, pues distrae a la directora general de sus funciones para satisfacer un afán protagónico en las labores curatoriales. Quien dirige un museo (y en este caso también es titular de la Dirección General de Artes Visuales de la UNAM) debe administrar sus limitados recursos; idealmente, gestionar fondos adicionales mediante nuevos patrocinios; hacer política para enfrentar una burocracia y unos sindicatos que, en la UNAM, resultan particularmente desgastantes, y establecer vínculos con otros ámbitos dentro y fuera de la Universidad. La lista de responsabilidades de una directora general parece interminable y, en buena medida, poco visible. Por ello, concentrar sus esfuerzos en un supuesto esquema transversal que gire en torno a la curaduría resulta contrario a sus funciones.
Al releer el comunicado no doy crédito al hecho destacable de que en ningún momento se menciona a la saliente curadora en jefe. Vamos, ni la muletilla priísta de “agradecemos el esfuerzo de Sanromán por su aportación al museo”. Ni una palabra, como si el simple hecho de nombrarlo hiciera temblar su castillo de naipes.
En una breve entrevista que circula en redes, Cuevas afirma que este innovador “modelo transversal” lo empezó a implementar con Sanromán desde el año pasado y que se cristalizó en la exposición Desde el umbral, inaugurada el pasado 13 de junio. Si, como dice, el proyecto que empezaron a pilotear funcionó, ¿por qué ahora su implementación suprime a la curadora en jefe?
Siendo justos, hay que decir que esta lógica de “viva el rey, muera el rey” es algo que ha sido sintomático dentro de los relevos en la dirección del museo. Pasó igual con el cambio entre Graciela de la Torre y Amanda de la Garza en 2020, o al menos así lo viví durante la charla que se dio en Soma el 1 de febrero de 2024 a propósito del quince aniversario del museo. Esa noche De la Garza, Labastida, García Murillo y Cuauhtémoc Medina ofrecieron una larga plática en la que, como se puede ver en la grabación en línea, durante la hora y cuarenta minutos de autoelogios ninguno de los oradores mencionó una sola vez a De la Torre, cuando todos sabemos que ese museo no existiría sin sus gestiones. Para decirlo claro, las cuatro personas que hablaron ese día y que en su momento estaban al frente del MUAC le deben una parte de su desarrollo profesional a De la Torre, sin embargo, ninguno le dedicó una sola mención. “En la cabeza del ladrón brilla el sombrero”, dice el dicho. Así como entonces, que ahora no se mencione a Sanromán en el radical cambio que se quiere dar dentro del proyecto curatorial del MUAC produce el efecto contrario, pues hace aún más evidente su presencia.
Y a reserva de que se me acuse de esencialista, quiero insistir en que la curaduría es constitutiva del museo, por lo menos del tipo de museo que hasta hoy ha sido el MUAC. Basta recordar que antes de que existiera el edificio y toda su infraestructura hubo un proyecto curatorial que fue confeccionado por varios actores, pero que siempre tuvo a una cabeza visible. Este proyecto se materializó en la muestra La era de la discrepancia. Arte y cultura visual en México 1968-1997, cuyos axiomas fundamentales hoy están en una profunda revisión, pero que definió en gran medida el programa de exposiciones del museo.
Durante el actual régimen ha proliferado la arcaica figura del director/curador en los museos públicos, un fenómeno que encuentra su caso paradigmático en el Museo Tamayo, con su hiperactiva curadora/directora Andrea Torreblanca, pero también tuvo lugar durante un breve periodo en el Museo del Palacio de Bellas Artes, con Daniel Garza Usabiaga (2024-2025). Que el MUAC replique este autoindulgente esquema, disfrazándolo de progresismo asambleísta, y que una institución como la Universidad lo respalde sólo es síntoma de que, por citar a un clásico, “es el mundo del arte el que va mal.”
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Texto publicado el 17 de julio de 2026.