Neotameme, de Chavis Mármol

Por Edgar Alejandro Hernández

 

1. El ruido mediático que ha recibido la obra Neotameme (2024), una réplica de una cabeza olmeca aplastando un automóvil eléctrico de la marca Tesla, del artista mexicano Chavis Mármol (Apan, Hidalgo, 1982), me recordó la frase que repetía el crítico de arte Olivier Debroise (1952-2008): “Cuando el arte contemporáneo es noticia, es una mala noticia para el arte contemporáneo”.

Y en este caso la noticia no sólo alimentó el morbo de los medios de comunicación, sino que rápidamente se instrumentalizó como referente político-doctrinal por parte del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien en la conferencia Mañanera del 18 de marzo le dedicó un espacio central. Sin que mediara pregunta, el jefe del ejecutivo sacó el tema, mostró una imagen de la obra y destinó dos minutos (en tiempos televisión una eternidad, de la Mañanera un suspiro) para opinar sobre la obra de Mármol.

Dijo frases profundas como “se está produciendo muy buen arte” o “el mensaje a mí si me gustó”, además de que simplificó la obra a una dialéctica entre “consumismo” (Tesla) y “cultura” (Cabeza Olmeca), para luego extenderse sobre el México profundo y la gran herencia de esta civilización, que “nos hace muy fuertes y nos protege ante todas las calamidades”.

Como claramente la intención de hablar sobre la obra de Mármol tenía fines políticos, López Obrador cerró su comentario asegurando que “(la cultura) es lo que nos distingue, lo que nos da identidad y es lo que convierte a México en una potencia cultural en el mundo. Entonces, no al consumismo, eso tampoco es felicidad. Es lujo barato.”

Al cierre de este largo sexenio, es una necedad pedirle al líder supremo de Morena que investigue un poco más sobre las cosas que comenta, en este caso, una obra de arte. Sin embargo, la escena resultó relevante para la comunidad artística porque ilustró algo tan obvio como grave: que en casi un sexenio de mañaneras nunca hubo cabida para ningún otro artista contemporáneo mexicano, a excepción del artista oficial, Gabriel Orozco, quien nunca fue a hablar de arte, sino del megaproyecto y futuro elefante blanco Chapultepec, Naturaleza y Cultura.

Escuchar al presidente intentando hacer un comentario sobre una obra de arte contemporáneo fue una experiencia deprimente, que ratifica la desconexión de este tipo de políticos hacia la cultura actual. Si lo vemos en perspectiva, el evento resultó la excepción que marca la norma ante la estigmatización del arte contemporáneo por parte de la clase política mexicana (supuestamente de izquierda), que se deja guiar por prejuicios tan vacíos como que es arte fifí.

Hay que aclarar que esta desconexión no sólo es un problema de edad, ya que la candidata oficial a la presidencia, quien es más jóvenes, ha repetido estos mismos prejuicios en público y privado. Salvo honrosas excepciones, las instituciones públicas ven en la cultura hoy un elemento atendible sólo si puede ser instrumentalizado con fines políticos. La Secretaría de Cultura federal y local funcionan en la práctica como Secretarías de Propaganda, dado que promueven principalmente eventos que sirven como espectáculo o que respaldan a creadores alineados con su dogma político.

Sé que me desvío un poco, pero no puedo dejar de señalar que esta ruptura entre el ámbito político y el campo cultural tiene la nefasta consecuencia de que abre la puerta para que familiares vinculados a los políticos tomen protagonismo a la hora de elegir funcionarios o decidir programas públicos. Lo vimos en el actual sexenio con la perniciosa injerencia de la primera dama y seguramente en el siguiente (como ya se empieza a vislumbrar) con el hijastro de la candidata oficial.

Neotameme con anuncio publicitario e intervención del grafitero Siler.

Neotameme, después de que limpiaran el grafiti en la réplica de la cabeza olmeca.

2. Obnubilada por el ruido mediático y político, la obra Neotameme es importante no sólo por su circulación mediática y en redes sociales, sino también por sus dimensiones y complejidad técnica, que la convierten en un claro contrapunto de las comisiones y formatos predominantes entre el diverso y heterogéneo espectro de artistas emergentes en México. Estos artistas, cada vez más impulsados por el mercado del arte, se ven naturalmente inclinados, consciente o inconscientemente, hacia la creación de obras bidimensionales y de formato pequeño o mediano, para que encajen bien en la decoración de las casas de los coleccionistas. El añejo problema del cubo blanco o, en este caso, del espacio público rara vez entra en la ecuación de la producción artística actual. 

Sin juzgar el arte en términos morales, es un hecho que esta generación de jóvenes artistas se define por algo crucial: quienes consumen y promueven su producción y distribución no son las instituciones, ni la curaduría, y mucho menos la crítica de arte, sino el influyente mercado del arte.

Es relevante señalar que la obra de Chavis Mármol circula mayormente entre artistas de generaciones más jóvenes, ya que su producción no está asociada con los artistas de los noventa, ni con aquella generación intermedia que se consolidó como su continuación en los dosmiles. Por su propia historia de vida y por el hecho de que su inserción en el campo artístico ha estado más relacionada con su trabajo como productor de obras de terceros, el trabajo de Mármol ha vivido un proceso de consumo más extendido que el de sus coetáneos, no obstante, en la actualidad es uno de los rostros familiares a la hora de ver exposiciones individuales y colectivas en espacios independientes, pero también en las nuevas galerías que apuestan por el arte emergente.

Marcar con claridad esta brecha generacional resulta crucial a la hora de analizar Neotameme, dado que una de las virtudes de la instalación de Mármol es justamente que genera un puente en el tiempo que lo conecta con los artistas de los noventa. Estos artistas, en su carrera por lograr un reconocimiento institucional, emprendieron muchas veces proyectos faraónicos que captaron la atención nacional e internacional por su complejidad y espectacularidad, aunque paradójicamente, su mayor atributo era su ejemplar inutilidad.

Podemos pensar en Obstrucción de una vía con un contenedor de carga (1998), de Santiago Sierra; Alzado vectorial (2000), de Rafael Lozano-Hemmer; La piedad entubada (2002), de César Martínez; Salida de emergencia (2002), de Gustavo Artigas; Paracaidista, Av. Revolución 1608 Bis (2004), de Héctor Zamora; Hamburguesas al carbón (2005), de Roberto de la Torre; Stonehenge sanitario (2006), de Eduardo Abaroa; Naturaleza muerta con espíritu y xitle (2007), de Jimmie Durham; Levitación asistida (2008), de Fernando Ortega; Habita intervenido, (2008), de Tania Candiani; Desmantelamiento y reinstalación del Escudo Nacional (2008), del colectivo Tercerunquinto; Exhaust (2009), de Marcela Armas; o Xipe Tótec (2010), de Thomas Glassford[1], por mencionar algunos ejemplos que vienen fácilmente a la mente de quienes tuvimos la suerte de vivir la institucionalización del arte contemporáneo en México.

Parafraseando a un clásico, Neotameme nos transporta a aquella década de los dosmiles en la que el arte mexicano nos brindaba la oportunidad de enfrentarnos con una monumentalidad que emergía no solo de su volumen o tonelaje, sino de una imaginería insólita y una ocurrencia magnífica. En el actual panorama, donde escasean este tipo de expresiones, su inesperado retorno refulge en la mente de todos aquellos que estábamos habituados a esta excitación provocadora. En mi caso, no es gratuito que obras como Neotameme despierten una atracción primigenia, casi violenta, alimentada por la fuerza de lo extraordinario y, si somos ambiciosos, de lo revolucionario.

Levitación asistida (2008), de Fernando Ortega.

Xipe Tótec (2010), de Thomas Glassford.

Paracaidista, Av. Revolución 1608 Bis (2004), de Héctor Zamora.

Stonehenge sanitario (2006), de Eduardo Abaroa.

Neotameme es ese tipo de obras cuya virtud y condena reside en que divide la opinión pública. La obra de Mármol es leída casi siempre en blanco y negro, por lo que sugiero explorar sus áreas grises. En ese sentido, quienes la critican tienen razón a la hora de desmenuzar lo endeble de su temática, ya que su mensaje es tan cerrado y resuelto que no deja espacio para explorar relatos que no se suscriban al brutal hecho de que una réplica de una cabeza olmeca aplasta un auto eléctrico de la marca Tesla. El filón político que le encontró el presidente López Obrador radica justamente en este enunciado tan obvio. Como esos chistes que se cuentan solos, la obra de Mármol sufre los efectos de su literalidad, pero a la vez, su mensaje tan directo le ha permitido atraer las miradas tanto de neófitos en arte como de los más reconocibles críticos del arte global[2].

Quienes critican la obra de Mármol también se equivocan al centrar su juicio en la temática, pues el artista siempre dejó claro que su intención era crear un meme. El título de la pieza subraya este hecho y, más importante, la literalidad de lo que enuncia la obra, al momento de escoger una réplica de la cabeza olmeca y un auto marca Tesla, se integran de manera intencional en el lenguaje visual típico de los memes que buscan viralidad.

Volvemos de nuevo al tema generacional, pues el impacto de las redes sociales ha modificado la forma en cómo el arte joven circula y se produce. Su consumo en IG es tan relevante como su disposición en la sala de una galería y eso lo saben bien los creadores emergentes. Neotameme se debe valorar en su impacto masificado a través de las redes sociales (y en segundo término en los medios de comunicación), más que en el consumo que tradicionalmente demanda el campo artístico. Para decirlo rápido, importa valorarlo como obra de arte, pero importa más apreciarlo como meme.

Chavis Mármol con el crítico neoyorquino Jerry Salt.

3. Uno de los debates más relevantes que abre Neotameme está vinculado al problema, nunca resuelto en la Ciudad de México, de la escultura en el espacio público, pues siempre parte del perenne anhelo de los artistas de que su obra trascienda su propia existencia. Si algo logró poner en crisis el arte contemporáneo fue justo la temporalidad del arte público, ya que la mayoría de las obras fueron efímeras, se crearon sin convocar al público y/o su existencia sólo fue verificable por el registro en video o fotográfico.

La obra de Chavis Mármol condensa esta problemática en varios niveles, en principio su disposición dentro de un terreno baldío en la colonia Roma lo vuelve un objeto que no termina por integrarse al espacio público. Su consumo se masifica en redes sociales, pero en el contexto de la colonia Roma su presencia es prácticamente invisible.

Neotameme opera en esa grisura que suelen tener las vitrinas de los centros comerciales, pues exhiben el objeto al paseante, pero no le otorgan acceso. Esa condición es acentuada por la carcelaria reja que divide la calle del terreno donde se instaló la obra. Es tan excesivo su entramado que más que reja, parece un muro que impide tocar la obra, incluso con la mirada.

Afortunadamente, este problema fue sorteado por el grafitero Siler, quien el pasado 28 de abril se brincó la desagradable reja y adornó con su aerosol tanto la réplica de la cabeza olmeca como los muros del terreno. Difundida por el propio artista en su cuenta de IG, esta intervención reveló el aparato publicitario del hotel Colima 71, que intentó capitalizar la imagen de la obra tras financiar su producción. Pero más significativo, eliminó la pretensión aurática que le se quiso dar a la obra al momento de aislarla. El grafiti demostró que para que una obra en el espacio público sea efectiva, debe ser necesariamente accesible al público.

Nuevamente las dimensiones de la comisión son las que permiten reflejar las circunstancias en las que opera el arte contemporáneo, ya que la difusión y consumo de la imagen de la obra terminará definiéndose muy probablemente en tribunales. Como es común con los artistas emergentes, la pieza se produjo sin que mediara un contrato y sin que quedara especificado algo que es central: el costo de producción no representa en ningún caso el precio total de la obra artística.

El propio artista explicó que Colima 71 pagó la producción de la réplica de la cabeza olmeca, consiguió el auto Tesla y pagó la maquinaria requerida para instalar la pieza. Sin embargo, él no recibió pago de honorarios como artista. Neotameme es autoría de Mármol, pero llama la atención que como creador no tenga capacidad de decisión sobre la pieza. Luego de la intervención con grafiti, el artista públicamente aprobó dicha acción, pero los coleccionistas decidieron unilateralmente limpiar la escultura y remover el grafiti, sin antes hablar con Mármol.

Ayer, jueves 16 de mayo, volví a pasar frente al predio donde se instaló Neotameme y vi a un empleado que afanosamente daba brillo al auto destrozado. El acto me reafirmó el hecho de que los coleccionistas tienen como meta final mantener la obra como un objeto de lujo y lo más alejado del público. Sin generalizar, es práctica común en México que los coleccionistas modifiquen, alteren o incluso desaparezcan obras de artistas, más si son emergentes. Como ya se dijo, la relevancia de Neotameme trasciende su impacto en redes sociales, pues su desaseado manejo muestra una vez más cómo llega a operar la gente que consume arte contemporáneo en el país.

La obra pasa muchas veces desapercibida por la reja que separa el predio.

Neotameme, mientras es limpiada por personal de Colima 71.

[1] Gran parte de estos proyectos fueron registrados en el libro Sin límites. Arte contemporáneo en la Ciudad de México 2000-2010, de Inbal Miller y Edgar Alejandro Hernández, publicado por Editorial RM en 2013.

[2] El crítico neoyorquino Jerry Salt compartió la pieza con sus 684 mil seguidores de IG. https://www.instagram.com/p/C4suIVqgxQO/?igsh=MXJ3MDB6bGNqdW0wYw%3D%3D&img_index=1

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