Mueso Internacional del Barroco

Por Nika Chilewich

Hasta ahora no tengo clara la forma en como puedo comunicar mi experiencia en el Museo Internacional del Barroco (MIB) en Puebla. No estoy segura cómo el presente texto puede contribuir al debate que se ha generado en torno a este proyecto de varios millones de dólares, lo cual se ha generado un escándalo en México y el extranjero. Siento la importancia de una diálogo público sobre las implicaciones de este proyecto, y creo que uno ya está en marcha, pero limitado en gran parte a una crítica política y económica. La cuestión para mí, sin embargo, es cómo la crítica generada por la comunidad del arte, y mi crítica en particular, puede ayudar a formar un discurso útil. Me pregunto si soy la persona adecuada para enunciarla, sobre todo porque es uno de los museos menos satisfactorios que he visitado.

La dificultad de abordar críticamente el Museo Internacional del Barroco –un museo diseñado por el arquitecto japonés Toyo Ito que, según fuentes periodísticas, costó 160% más que el Guggenheim Bilbao– radica en que el proyecto va en contra de numerosas normas que los profesionales de los museos consideran como sagradas.

En principio se parte de la idea de que los involucrados en la producción de exposiciones contemporáneas tienen un sentido de responsabilidad respecto a sus colegas así como con el público en general. Existe la tradición de que el museo es un centro para la investigación académica, histórica, cultural y curatorial. Hay una prioridad dada a la función del museo como centro para indagar, educar y dialogar, para contribuir a nuestras historias culturales compartidas y diversas realidades. Suponemos que cuando millones y millones (más en este caso) de dólares son invertidos en la creación de un nuevo museo, las agendas particulares y económicas y de los involucrados quedan en un segundo término, poniendo por delante una plataforma institucional y crítica que justifique su existencia.

Entonces, ¿qué sucede cuando un museo de mil 742 millones de pesos, según publicó el periódico El Universal, se construye sin una visión curatorial, ninguna colección y ninguna consideración por su comunidad local y las instituciones culturales a su alrededor? ¿Qué significa para el público y para la comunidad de historiadores, curadores y otros profesionales interesados? ¿Qué dice sobre el estado de la cultura museística? ¿Y cuál es la reacción adecuada, tanto de la comunidad local e internacional?

En la superficie parece que el Museo Internacional del Barroco es otro participante en la tendencia internacional de crear instituciones de exhibición de gran formato que buscan trascender su entorno local y nacional, y participar en lo que Carol Becker llamó, "El romance del nomadismo" en el mundo del arte contemporáneo. No está fuera de lo común encontrar más y más museos alojados en grandes edificios monolíticos diseñados por los arquitectos más famosos del mundo, cuya misión es interactuar con una comunidad global, post-nacional del arte basada en centros metropolitanos internacionales dispares.

De hecho, no parece ilógico que el gobierno estatal y federal apoyen un museo con la misión de revitalizar la vibrante cultura barroca de Puebla al conectarla con una comunidad internacional de museos (el sitio web de Puebla enlista más de 60 museos e instituciones culturales, incluyendo una gran variedad de colecciones, iglesias y edificios gubernamentales de los siglos XVI, XVII y XVIII que forman parte de una tradición barroca).

Lamentablemente, el MIB es algo mucho más problemático cuando se mira de cerca. Uno se cuestiona la pertinencia de su ya confusa misión durante el viaje en taxi de 25 minutos desde el centro de Puebla al área industrial de la Reserva Territorial Atlixcáyotl donde está ubicado el museo. No es fácil llegar en transporte público. Al ver el museo de diseño deslumbrante, aunque con una construcción descuidada, los problemas rápidamente son visibles. Los primeros dos espacios del museo, casí vacíos, contenían réplicas de enormes copas de los jardines de Versalles. Son dos de las diez o 15 obras expuestas en el museo que forman parte de la limitada colección del recinto. La tercera pieza que me encontré fue la "Perla Barroca" hecha en 2016, que fue la pieza central de una habitación forrada con dos grandes pantallas que mostraban videos introductorios que se reproducen con un volumen excesivo, mismos que el espectador debe ver antes de empezar su recorrido de la primera exposición. La música en los videos tiene similitudes alarmantes con la canción de la serie estadounidense Game of Thrones.

Varios de los objetos de la primera exposición temporal Tornaviaje: La Nao de China y el Barroco en México, 1565-1815 eran maravillosos. Vienen de una variedad de instituciones que incluye el Museo Naval de Madrid, la colección Principesca de la casa de Liechtenstein, y varias instituciones del país, incluyendo el Museo Franz Meyer de la Ciudad de México, y el museo histórico de Acapulco, junto a varias instituciones de Puebla. Las instalaciones museográficas, sin embargo, eran ruidosas, confusas y generalmente desorganizadas. Al terminar con la primera muestra, la canción de 20 segundos que sonaba sin parar me había dado un dolor de cabeza. Las piezas son exhibidas juntas, en grandes vitrinas con diagramas numerados muy confusos, y más de una vez las piezas nombradas en la señalética no estaba a la vista.

Hay un exceso de tecnología dentro del museo, aunque al final daba la apariencia de que no funcionaba bien o carecía de un propósito real. Los numerosos iPads –cuya función era aportar al público información suplementaria sobre las diferentes piezas– tenían programas extremadamente complejos, si no es que imposibles de usar. Perdí la esperanza después de varios intentos. La decena de videos que se exhiben en cada sala tienen un volumen muy alto y compiten entre sí. Es difícil oír bien.

Después de la primera exposición temporal, uno es introducido a la primera sala de la colección permanente del museo. Ésta es una película animada de cuatro pantallas que representa varias iglesias barrocas de todo el mundo. Al menos tres de ellas se encuentran en el centro de Puebla.

En los siguientes espacios de exposición utilizados para mostrar la colección permanente del museo, las réplicas de gran escala vuelven como si se tratara de una venganza. En uno de estos espacios de exposición, me encontré caminando sobre un puente, que cruzaba un mapa 3D de gran escala del centro histórico de Puebla.

Arriba, el Taller de Restauración y la bibliotecas estaban casi vacíos. Al momento de terminar con la segunda exposición temporal, Marajás Neobarrocos: Esplendor de las vestimentas reales de India, que consistía en un centenar de maniquíes vestidos con ropa de India, estaba completamente agotada. Salí desconcertada.

Parece que a los creadores del museo no se preocuparon por las comunidades académicas locales e internacionales que tendrían interés en el contenido del museo. Fuentes locales han sugerido que la falta de transparencia en el financiamiento del museo podría ser el resultado de la corrupción en lugar de un verdadero esfuerzo de invertir en la cultura de Puebla. Lo que es sorprendente del Mueso Internacional del Barroco es la flagrancia del fracaso de su propósito. Es un descarado elefante blanco.

La experiencia fue frustrante, pero lo digo sin saber si mi crítica realmente aporta algo. Creo que hay una carencia general de los recursos analíticos para enfrentar este fenómeno contemporáneo. Llegué al MIB educada en una tradición moderna del museo, que valora, aun sí es de forma superficial, la santidad de la institución de exhibición y su autonomía con respecto a los impulsos básicos del mercado. Esto puede ser un ideal anticuado, pero creo que el MIB, al igual que muchas instituciones contemporáneas, refleja una variedad de intereses políticos y comerciales que no tienen como prioridad la calidad del diálogo crítico dentro del museo.

Después de salir de las curvas orgánicas y espacios amplios del Museo Internacional del Barroco, fue claro para mí que estamos en un territorio completamente nuevo en la consideración del museo como una institución pública contemporánea. Surge entonces la pregunta: ¿qué es lo que nosotros, como miembros de ese mundo institucional, debemos hacer ahora? ¿Cómo podemos, como un grupo diverso de personas, ayudar a convertirlo en algo productivo?

 

 


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