Zona de riesgo

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ



El mejor indicador para medir la vigencia de la obra de Carlos Aguirre (Acapulco, 1948) está en su capacidad de ser incómoda y problemática para las instituciones culturales que dependen del Estado.
No se puede ver como una casualidad que “Zona de riesgo. Retrospectiva 1979-2014”, muestra retrospectiva de Aguirre que exhibe 110 obras en el Museo de Arte Moderno, haya sido pospuesta por más de seis meses, que su presupuesto se redujo más del 60 por ciento y que su inauguración, el pasado martes 23 de junio, se programó hasta que concluyó la jornada electoral.
Carlos Aguirre formó parte de uno de los grupos pioneros del arte conceptual en México, Proceso Pentágono, junto a José Antonio Hernández, Carlos Finck, Víctor Muñoz, Lourdes Grobet, Felipe Ehrenberg y Rowena Morales, y de forma individual creó un cuerpo de obra que tiene como hilo conductor la crítica a las estructuras de poder vinculadas al Estado y a la cúpula eclesiástica.

Su obra, que bajo la curaduría de Pilar García se exhibe en siete núcleos temáticos, se desarrolla fundamentalmente a partir de la creación de instalaciones artísticas que señalan problemáticas como la guerra sucia, la tortura, el narcotráfico, la pederastia y la injusticia social.

“Zona de riesgo” presenta piezas que van de 1979 a 2014 y en todos los casos las obras reflejan temas que impactaban a la sociedad de su momento, pero que vistas desde la actualidad tienen resonancia con nuestro presente, como es el caso de la pieza “Ninguno por razones políticas II” (1994), instalación con madera y huesos humanos que recordaba, en el encuentro inSite Tijuana/San Diego, a los 450 miembros del Partido de la Revolución Democrática asesinados durante el salinismo, cuyos nombres y apellidos pueden leerse en unas listas que cuelgan dentro de unas bolsas de plástico como parte de la instalación. La conexión de esta obra con la desaparición de estudiantes normalistas en Ayotzinapa resulta ineludible.


Una de las piezas más estéticas de la exposición “Dialéctica, inteligencia vs. poder” (1995) ocupa el círculo central con un conjunto de antiguos extinguidores (propiedad de Bruno Newman) que visto a la distancia parecen un montaje decorativo que va muy a tono con el diseño modernista del museo, pero que en su centro exhibe uno de los objetos que más problemas generó para la institución.


La instalación incluye un busto montado de cabeza del ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, que pende encima de un pequeño montículo de cenizas como contrapeso de una balanza que en el otro extremo pende un cerebro humano. A los funcionarios del gobierno actual no le resultaba confortable exhibir dentro de un museo estatal a uno de los personajes más criticados de los gobiernos priístas.
Otra pieza que despertó, sin éxito, aires de censura fue “Intervención del Autorretrato de José Clemente Orozco de 1946” (2013), que ofrece una crítica a la historia del arte, ya que la instalación, compuesta de un marco sostenido sobre una pila de biografías de Orozco, evidencia cómo la figura de los artistas canónicos está apuntalado en los relatos que se hacen en torno a su figura, más que a la contundencia de su obra.

 
Si bien el trabajo de Carlos Aguirre representa una crítica seria a los aparatos de poder, esto no evita que las piezas ofrezcan momentos lúdicos, como es el caso de “Sin título” (2002), una caja de acrílico que contenía los fragmentos del libro cortado “Martha: la fuerza del espíritu”, escrito por Sari Bermúdez, presidenta del Conaculta durante el foxismo, quien se aprovechó de sus vínculos personales con la pareja presidencial para dirigir la cultura del país, aún cuando no contaba con ningún aval dentro del ámbito intelectual.

Recuerdo que cuando se le cuestionó a Bermúdez sobre la pobre calidad literaria del texto, la funcionaria fue incapaz de defender su libro y argumentó que ella sólo había hecho las entrevistas y entregado las grabaciones para que alguien más redactara el texto.


Otro elemento central dentro de la exposición “Zona de riesgo” lo dan las obras hechas a partir de la utilización de frases y textos que Carlos Aguirre despliega con diversos recursos de diseño, pero una de las piezas más contundentes de este conjunto lo da “Sin título” (2009), una sotana negra que tiene escrito el nombre de todos los sacerdotes mexicanos acusados de pederastia, entre los que no podía faltar Marcial Maciel Degollado, líder de la poderosa congregación de los Legionarios de Cristo, quien fue removido por el Papa Juan Pablo II, tras diversas acusaciones de abuso sexual.

 
Interesado por el lenguaje y por el uso que se le da en los medios de comunicación, Carlos Aguirre también hace una crítica a la prensa mexicana con la obra “Paisaje mexicano 2” (2015), en la cual reúne todos los apodos de narcotraficantes que circulan en los medios nacionales, cruzada por imágenes de escenas del crimen y de las detenciones de dichos capos. Para el artista la utilización de estos sobrenombres, que pueden ser incluso empáticos (como la Barbie), desvirtúa y normaliza la actuación de estos criminales.

 

En conjunto, “Zona de riesgo” representa un momento que revela posturas y prácticas artísticas que en la actualidad viven un crecimiento exponencial, gracias a que su consumo se ha masificado en museos, galerías y ferias de arte, pero que a finales del siglo XX representaban una apuesta legítima que iba en contra de lo que en su momento se consideraba como arte. Carlos Aguirre es un protagonista del arte contemporáneo que no aparece de forma relevante en los libros de historia de arte mexicano. Esta exposición puede ayudar a solventar dicha carencia.

La exposición “Zona de riesgo. Retrospectiva 1979-2014”, de Carlos Aguirre, se exhibe en el Museo de Arte Moderno del 23 de junio al 27 de septiembre de 2015.

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