La promesa. Teresa Margolles

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ


El dolor, medio para pensar la violencia

Las reglas para participar en el performance La promesa, de Teresa Margolles, fueron simples. Se entra por el costado izquierdo. Se rodea toda la sala 9 del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) hasta colocarse de rodillas frente al inmenso y compactado muro de escombros. Se procede a desbastar con las manos la mayor cantidad de tierra y piedras que sea posible. Se extiende el material a lo largo del piso. Cada intervención dura una hora.
Atender órdenes precisas provoca un extraño alivio. Por un momento, realizar una jornada tan concreta deja de lado el hecho de que estás manipulando los escombros de una casa abandonada en el sur–oriente de Ciudad Juárez, cuyos dueños salieron huyendo de la violencia y la extorsión que padece gran parte del país, al igual que lo han hecho los más de 100 mil propietarios de viviendas abandonadas en la urbe fronteriza.
Al estar solo dentro de la sala, de rodillas frente a esta casa vuelta tumba, lo primero que sientes es la aridez de la tierra y esa pequeña tortura de las piedras clavándose en tu cuerpo. Un recuerdo que permanece es ese polvo seco que respiras hasta el ahogo y te remite al desierto en el que está inmerso Ciudad Juárez.
La obra creada por Margolles refleja esa mirada pesimista hacia una promesa de felicidad que el Estado fue incapaz de cumplir. Para quienes participan en su perenne transformación resulta, sobre todo, o por lo menos para ti, un cúmulo de dolor físico, que se mezcla e intensifica con el agobio y la frustración de tratar de derribar con las manos un muro indestructible. Una especie de frontera que pareciera que crece a cada minuto y que vuelve insignificante tu esfuerzo por expandir sus despojos en la sala.
La impunidad y la violencia adquieren otra dimensión. Esas muertes y esas casas abandonadas que cada día se vuelven una simple estadística, aquí literalmente lastiman tu cuerpo. El dolor como medio ineludible para pensar en la violencia, en esa pesada loza que se nutre de tu frustación.
Cuando llegas a trabajar la pieza sientes que hay un cierto ímpetu en tus movimientos, pero conforme pasa la hora de trabajo, tus energías y aspiraciones de colaboración se desvanecen. Por más que te esfuerzas por desmoronar la tierra, los resultados te parecen cada vez más insignificantes.
Los pequeños montones de tierra que juntas te hacen pensar lo mismo en las imposibles tramas de películas hollywoodenses, donde un preso rasca durante años un túnel para salir de prisión, que en el grafiti de la vandalizada casa de Ciudad Juárez, cuyos despojos tratas de remover.
El performance, que se ha realizado diariamente en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo desde el pasado 30 de junio y que continuará hasta el 6 de enero de 2013, es un ejercicio simple para los que participan, sin embargo, al mismo tiempo resulta devastador: La columna de más de 30 metros de largo se torna en un contendiente imposible de vencer.
Como cualquier espectador de arte, te creas una segura distancia con las piezas que tienen una carga política, la cual mantiene tu nivel de involucramiento en un punto controlable. Aquí esa distancia se quiebra y como todos los que deciden entrar en la pieza asumes de manera implícita la carga de ser exhibidos en el museo, además de que tus actos quedan grabados por una cámara de seguridad.
El desplazamiento es uno de los referentes a los que alude la obra de Margolles y que al momento de trabajar la instalación se activa no sólo a partir de la obvia referencia del traslado de los escombros de la casa, sino también al intercambio de roles que se viven al formar parte de la acción. Dejas de ser espectador para volverte un personaje que es observado, lo cual suma una carga más a la intervención.
La acción también ofrece hallazgos afortunados. Pequeños oasis que hacen más llevadera la labor. Por ejemplo, puede ser que encuentres una piedra de mediana dimensión, una suerte de martillo primitivo que por un momento te hace menos penosa la faena. De inmediato, esto te crea un vínculo con el objeto, lo cual te obliga a llevártelo.
Robarte esa roca fue una decisión severa, tenías miedo que te detuvieran a la salida. Pero mientras guardas el fragmento de casa en la bolsa del pantalón piensas en todos aquellos desempleados de Juárez que, sin tener mayor oportunidad de ingresos, se robaban en la noche las varillas de los centenares de casas y edificios destruidos en el centro de la ciudad. Tu hurto, quisiste pensar, recordaba también esa realidad.

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