La ciudad ideal del Dr. Atl

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ


“Uno no escoge los temas, los temas lo escogen a uno”, ha dicho en innumerables ocasiones el crítico e historiador del arte Cuauhtémoc Medina, quien hace tres décadas, cuando aún era estudiante de la licenciatura en historia, encontró en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México “una masa de papeles” que albergaba uno de los proyectos culturales y urbanísticos más ambiciosos y, a la vez, estrambóticos del México posrevolucionario: Olinka, la ciudad soñada por el Dr. Atl.

Aquellos materiales descartados por los principales biógrafos del Dr. Atl (Antonio Luna Arroyo incluso describió a Olinka como su “locura máxima”) sirvieron a Medina para reconstruir la grandilocuente y frustrada idea de edificar una ciudad que fuera un espacio exclusivo y excluyente, donde la élite artística, intelectual y científica de mediados del siglo XX pudiera estar “por encima del ruido político, económico y militar”, en un centro internacional de la cultura que, “bajo el amparo infinito de la belleza”, tenía el objetivo nada modesto de “cambiar la historia de la humanidad y del cosmos”.

Según una carta enviada a Federico Gamboa, el sueño de Olinka, que tuvo como inspiración el concepto de “artistocracia” desarrollado a inicios del siglo XX por Gérard de Lacaze-Duthiers (quien tenía la teoría de que los artistas podían gobernar el mundo), nació durante una estancia del Dr. Atl en París, entre 1912 y 1913, donde participó en el grupo de vanguardia L’Action d’Art, pero la ciudad ideal se mantuvo en hibernación durante cuarenta años (a causa de su participación en la revolución antihuertista en México) hasta que el pintor lo retomó, en 1952, como su principal proyecto de madurez y, sobre todo, como faro de sus últimos doce años de vida.

La investigación que sirvió a Medina para obtener su título de licenciatura en 1991, y que casi tres décadas después tuvo un importante proceso de reescritura para convertirse en el libro Olinka. La ciudad ideal del Dr. Atl, reconstruye los azarosos e infructíferos esfuerzos del paisajista por concretar en algún aislado punto de México su ciudad soñada; a la vez y en todo momento, el también autor del libro Abuso mutuo elabora una serie de contrarrelatos y derivas que dan luz a un tema de mayor envergadura: el tirante binomio cultura y política.

En este punto, el caso del Dr. Atl es paradigmático porque sintetiza a uno de los pintores que más influyó en la avasalladora Escuela Mexicana de Pintura (Orozco, Rivera y Siqueiros). Además de ser crítico, cuentista, poeta, novelista, ensayista político, investigador de arte popular y virreinal, cocinero y vulcanólogo, fue un artífice político que tuvo una puntual participación en la Revolución mexicana dentro de las nacientes organizaciones sindicales del sigloXX, que trágicamente marcaron la pauta de la relación de mutua complicidad entre obreros, intelectuales y gobierno para edificar el sistema corporativo del país, que en esencia, indica Medina, permitió “el engaño de clases que ha definido al Estado mexicano”.

Si aún hiciera falta la cereza del pastel, uno de los episodios más polémicos y difamantes del Dr. Atl, su abierta adhesión y propaganda del régimen antisemita hitleriano, está en el centro de la ambición del paisajista por crear una ciudad ideal que, a futuro, permitiría “una transformación moral”, y que reaccionaba concretamente al insalvable hecho de que sus ídolos, las Fuerzas del Eje (Alemania, Italia y Japón), habían sido derrotados.

Porque es justo en esta asociación entre el proselitismo fascista del Dr. Atl (del cual también participaban personajes tan ilustres como José Vasconcelos) y la reactivación de Olinka, en 1952, donde Medina marca una clara distancia con el relato oficial que el propio pintor difundió en vida, y que sus biógrafos reprodujeron de forma acrítica, el cual básicamente justifica esta nueva empresa en la recomendación que le hicieron en Francia dos de sus colegas del grupo L’Action d’Art, quienes, luego de su reencuentro cuatro décadas después, le revelaron que su ciudad ideal “debía renacer en México”.

Para ello el también curador en jefe del Museo Universitario Arte Contemporáneo rearmó el rompecabezas de la infructuosa empresa del Dr. Atl por construir Olinka en lugares tan disímbolos como las Lagunas de Montebello, Chiapas; el valle de Pihuamo, Jalisco; o el cráter del volcán La Caldera, en la sierra de Santa Catarina, Iztapalapa, Ciudad de México. A la par fue perfilando el desarrollo conceptual que acompañó al proyecto y que el pintor plasmó en su rama ensayística (sobresale un borrador inédito con el título Artistocracia) y su obra novelística, de manera destacada en su libro Un hombre más allá del Universo (1935).

La ambición de cambiar a la humanidad y el cosmos no era solo una idea retórica del Dr. Atl, sino que concebía la compleja y en muchos casos irrealizable visión que el pintor había expuesto en su novela, en concreto, la noción de un viaje estelar más allá de nuestro universo. Al igual que en la novela, Olinka fincaba su ambición fuera del planeta; su programa arquitectónico, que proyectó el joven judío Jacobo Königsberg, visualizaba institutos de investigaciones destinadas a la “conquista del espacio”, a los estudios cerebrales y un Templo al Hombre.

Medina, quien fue curador en jefe de la bienal Manifesta 9 y de la 12ª Bienal de Shanghái, aclara que estas visiones casi de ciencia ficción del Dr. Atl se adelantaron varios lustros al lanzamiento del Sputnik y a la carrera espacial promovida por el presidente John F. Kennedy. Su origen era el producto de una utópica conquista de nuevas fronteras, pero también y fundamentalmente de una visión pesimista del rumbo que estaba tomando la humanidad tras la victoria de los Aliados. En síntesis, la muerte del sueño fascista promovido con ardor por el Dr. Atl era sustituida por la conquista del cosmos.

Otra deriva, que se vuelve crucial para el relato de Medina, está en clarificar que Olinka se volvió un proyecto imposible, no solo porque no logró concretar las alianzas políticas y económicas que requerían las ambiciones del Dr. Atl, sino porque su ciudad ideal era un proyecto antimoderno que, sin ninguna hipocresía, planteaba un lugar que anteponía el interés y privilegio de una élite de artistas e intelectuales en detrimento de cualquier desarrollo de la sociedad.

El problema de Olinka, revela Medina, no solo estaba en que la carrera espacial no formaba parte de la agenda de un país del naciente Tercer Mundo o de sus complicaciones económicas y/o urbanísticas (su construcción no era más desafiante, por ejemplo, que Ciudad Universitaria en la Ciudad de México o Brasilia en Brasil), el reto de fondo radicaba en que su existencia albergaba una crítica a los ideales de bienestar y justicia que teóricamente debería impulsar cualquier proyecto civilizador de desarrollo occidental. Olinka proponía un programa para un puñado de elegidos que cimentarían un avance evolutivo para fundar un nuevo mundo (en sintonía con Nietzsche) “en la experiencia de una cierta muerte de Dios”.

Medina terminó de pulir con Olinka, la ciudad ideal del Dr. Atl la reconstrucción de un proyecto fascinante e imposible. En especial, concretó de modo muy eficiente un libro que responde al llamado de una genealogía de historiadores (como Fausto Ramírez o Renato González Mello) que abordan de forma crítica y radical la historia oficial del país para poner en crisis, dentro y fuera de la academia, el relato de personajes y sucesos que dan cuerpo a aquello que genéricamente consumimos como mexicanismo. 


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