La actualidad de la crítica de arte en México

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ


 

Aclaración no pedida

Antes de entrar en materia, quisiera hacer un par de acotaciones que han sido relevantes durante el proceso de escritura de este texto. Es importante decir que cuando recibí el correo de Juan Albarrán para invitarme a colaborar en el cuarto número de la Revista Utopía, “¿Qué fue de la crítica?”, lo primero que pensé (y sigo pensando) es que aceptar el encargo implicaba asumir una postura problemática dentro de mi propia producción, ya que la solicitud de hablar sobre la “actualidad de la crítica en México” implicaba necesariamente asumir el doble papel de juez y parte, ya que desde hace más de un lustro me he dedicado a escribir crítica de arte. Nunca lo he hecho de forma continua, pero sí con la suficiente consistencia como para que desde hace un par de años varias revistas y periódicos me publiquen (y paguen) textos de crítica. 

En este sentido, al intentar ofrecer un panorama de la actualidad de la crítica de arte en México tengo que entrar en un complejo juego de cuchillos para tomar la distancia  que me permita describir un fenómeno del cual formo parte y en el que me importa asumir una postura muy concreta, a partir de mi formación como periodista.

Para dejarlo claro, la crítica de arte que me interesa y que intento hacer es aquella en la que se emiten juicios de valor sobre obras de arte, producciones artísticas, instituciones culturas, agendas curatoriales, agencias políticas y todo tipo de prácticas que acompañen a una exposición de arte contemporáneo. Me centro en el juicio por encima de la simple descripción o acompañamiento de los procesos de las obras, porque estoy convencido de que es el mejor medio para abrir un debate público que, considero, es lo más relevante y productivo de la crítica.

Esta postura, también vale mencionar, no es la más sencilla o tersa, ya que en la mayoría de las ocasiones genera conflictos. Decir de forma crítica las cosas que uno piensa sobre las obras de arte siempre incomoda y, a la larga, tiene un precio. Pero como decía hace más de una década el historiador y crítico de arte Olivier Debroise (1952-2008): “En ocasiones es mejor cambiar de amigos que de ideas”. Ahora que algunos de mis textos me han generado declarados malquerientes, la frase de Olivier se vuelve más que eficiente.

No me extiendo sobre mi propia producción, pero considero importante aclarar desde qué esquina del campo artístico está escrito este texto, porque creo que todo relato general siempre termina siendo una mirada parcial. En este caso, es esencial dejar claro que es una historia enunciando desde dentro, desde la voz de alguien que participa activamente de la crítica de arte en México.

 

Un problema heredado

En 1961, cuando la crítica de arte pasaba por una suerte de época dorada en México, no sólo por la gran cantidad de críticos que publicaban en revistas, suplementos culturales y libros, sino por la influencia y acompañamiento que tuvo con varias generaciones de artistas, la crítica mexicana Ida Rodríguez Prampolini (1925–2017) publicó en el suplemento México en la Cultura, del periódico Novedades, un artículo que hoy resulta paradigmático: “Los pintores: «No hay críticos en México». Los críticos: «¿Cómo puede haber críticos si no hay arte?»”[1].

Como queda claro desde el título, Rodríguez Prampolini identificaba en 1961 no sólo un desencanto hacia la producción artística local, sino un divorcio (tal vez momentáneo) entre artistas y aquellos críticos que acompañaban la producción visual de mediados del siglo XX.

Es importante recordar que las décadas de 1950 y 1960 fueron de transición en México, años en los que el influyente muralismo mexicano perdía su hegemonía contra una oleada de jóvenes artistas que, impulsados por un naciente pero pujante mercado del arte, buscaban otro tipo de expresiones plásticas alejadas del llamado realismo social y más cercanas al arte abstracto.

En términos históricos, el texto responde a una realidad puntual, que retrospectivamente se condensa en la llamada generación de la Ruptura, pero me interesa recuperar el argumento para verlo bajo la luz del presente, ya que tiene ecos hacia la crítica mexicana del siglo XXI. Puede verse como una coincidencia, pero varios de los temas que la crítica planteó hace 58 años se repiten con una similitud casi cacofónica.

Rodríguez Prampolini inicia explicando que ha dejado de escribir sobre “nuestra plástica mexicana”, porque sus opiniones casi siempre generan comentarios “amargos y malhumorados”, que más allá de abrir un debate terminan por cancelar el diálogo, además de que la respuesta inmediata a cualquier opinión crítica (aquella que no sea un complaciente aplauso) es casi siempre la afirmación de que no hay crítica en México o, su variante actual, que la crítica está en crisis.

Escribir crítica de arte con una postura concreta dentro del campo artístico es un ejercicio que, como lo decía Rodríguez Prampolini, provoca necesariamente opiniones adversar o incómodas; pero si se tiene suerte, con el paso del tiempo se logra algún tipo de reflexión o diálogo con los artistas o curadores criticados. Extraordinariamente la crítica genera hoy algún tipo de réplica y, cuando ocurre, casi siempre en comentarios aislados dentro de las redes sociales. Más adelante desarrollaré el tema de cómo ha afectado la opinión del público en Internet, pero creo que por el momento basta con señalar que las redes se han vuelto el medio predilecto para contestar a la crítica. Facebook y Twitter son hoy por hoy los medios recurrentes para vivir con intensidad y furia el linchamiento público a causa de algún texto publicado. He vivido en carne propia este tipo de quema de brujas y sé que, salvo contadas excepciones, los reclamos nunca llegan a una confrontación fuera de la red.

Pero como quien publica crítica de arte también se expone, no me extenderé más sobre los comentarios “amargos y malhumorados” que provoca la crítica, más bien quiero recuperar el argumento central del texto: el perenne debate sobre la existencia de la crítica de arte en México, que hoy es un tema tan recurrido como la interminable discusión sobre el deber ser del arte.

En el último lustro esta nostálgica preocupación por la falta/crisis de la crítica se ha traducido en la Ciudad de México en una serie de conversatorios, coloquios, debates o charlas que cada tanto son organizadas por instituciones públicas y privadas. Me ha tocado participar en algunos, a otros he ido como público, y creo que en ninguna se ha llegado a conclusiones o consensos, todo lo contrario, parecería que el consenso es que cada uno de los que participamos de la crítica de arte lo hacemos desde nuestra propia agencia o, peor aún, sin una agencia definida.

Pero siempre el debate parte de la misma preocupación, la falta/crisis de la crítica de arte. El tema es que nunca se plantea como un problema susceptible de ser resuelto o analizado, casi siempre el debate parte de una nostalgia que, como un destino manifiesto, determina trágicamente la práctica de todos aquellos que hoy nos interesa participar de la crítica. El mismo título que da nombre a este número de la revista Utopía hace eco de esa nostalgia. “¿Qué fue de la crítica?” El pasado verbal remarca  otra época para la crítica.

Por eso me interesa recuperar el texto de Rodríguez Prampolini, porque su práctica, que se daba en un momento en el que la crítica tenía una presencia dominante en el circuito cultural mexicano, no sólo era cuestionada igual que ocurre hoy, sino que se usaban los mismos argumentos que actualmente se esgrimen para poner en tela de juicio la producción de quienes escribimos crítica de arte.

Decir que no hay crítica o que está en crisis es el mismo lugar común que se da cuando alguien dice que tal o cual obra no es arte simplemente porque no le gusta o porque no se ajusta a su nivel de entendimiento. El problema en este punto no es responder si hay o no hay crítica o si está o no en crisis. Tal vez sea más útil desarrollar los factores que permitan revelar qué ha pasado con la crítica de arte para que un día si y otro también se le acuse de que no existe o de que está en crisis.

 

“En México, la crítica es muy poca o válida”

En un programa de televisión transmitido el 22 de julio pasado en Canal 22, la directora artística del Museo Jumex, Julieta González, fue invitada junto con el curador en jefe del MUAC (Museo Universitario Arte Contemporáneo), Cuauhtémoc Medina, a tener una charla sobre arte contemporáneo. En la conversación, el periodista Javier Aranda le preguntó: “¿La crítica vale, tiene sentido para las propuestas estéticas de un museo”. La respuesta de González es en muchos sentidos ilustrativa de los prejuicios que padece actualmente la crítica de arte:

“Yo pienso que sí. Aquí, en México, (la crítica) es muy poca o válida, pero en general, en los lugares donde sí existe, yo creo que sí y sirve también para balancear esa situación y para exponer esos efectos del mercado sobre las prácticas institucionales o incluso las artísticas”[2].

Según González, el problema de la crítica es de orden cuantitativo, ya que afirma que en México la crítica no existe (a diferencia de otros lugares donde sí existe) porque “es muy poca”. La también curadora evidentemente hace referencia a un problema mayor,  la crisis económica de los medios impresos. Los periódicos, que tradicionalmente eran los espacios que albergaban crítica de arte, han reducido su tiraje a niveles anémicos. Uno de los daños colaterales ha sido la práctica extinción de las secciones culturales y la virtual desaparición de las columnas de crítica de arte. De fijo, sólo permanecen los espacios más reaccionarios para el arte contemporáneo en México, el periódico Milenio y la revista Proceso.

Pero los sitios dedicados a la crítica han permanecido en una constante migración. Yo mismo he saltado sin mucho dolor de las páginas de un diario a suplementos culturales, revistas impresas y sitios especializadas en Internet, con la gran ventaja de que ya importa poco en qué lugar se publica crítica de arte. Es verdad que sumados todos no llegan a más de diez medios, pero desde su modestia siguen teniendo lectores que no son pocos, pero que además no son los mismos que leían los periódicos, ya que hoy tienen la posibilidad real de hacer réplicas e interactuar a través de las redes sociales.

Creo que es evidente que la ecuación no puede reducirse a un tema cuantitativo, sino que el tema adquiere una mayor complejidad que, al parecer, profesionales como González no están viendo, porque siguen bajo el prejuicio moderno de que la crítica  “valida” el arte. 

¿Qué valida una crítica? Idealmente la contundencia de su argumento, la solvencia de su escritura, la tensión política que puede generar, la reflexión que hace sobre la obra, la problematización de aquellos temas internos y externos que acompañan a una exposición, los huecos que revela sobre el discurso curatorial, así podemos seguir, pero me temo que la validación a la que se refiere González no está en este tipo de características. Lo que demanda nostálgicamente la directora del Museo Jumex, pensando en la referencia de “los lugares donde sí existe la crítica”, es a la figura monolítica del crítico-intelectual.

Es claro que González está pensando en Nueva York, donde aún siguen operando varias de estas vacas sagradas que sellan el ecosistema de validación del arte por su vínculo con instituciones y mercado, pero si pensamos en el caso mexicano, la referencia obvia es Octavio Paz, el ensayista y poeta que no sólo obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1990, sino que dedicó numerosos ensayos y libro a la crítica de arte.

Pero Paz murió en 1998 y, afortunadamente, no tuvo un delfín. Recuerdo un epigrama que tras su fallecimiento circuló y que sintetiza el tema: “Octavio ha muerto, la literatura mexicana descansa en Paz”. La frase, que no puedo decir que es anónima, pero tampoco logré desvelar a su autor, es ejemplar en muchos sentidos, pero en el caso de la crítica de arte señalo una realidad contundente. Ningún escritor mexicano ha logrado llenar ese vacío y, de facto, con Paz se terminó esa influyente genealogía de críticos-literatos que marcó el siglo XX.

En el siglo XXI, los escritores que han practicado la crítica de arte han realizado casi siempre anacrónicos acercamientos a un problema discursivo que ya no dominan: el arte contemporáneo. El caso más persistente y al mismo tiempo olvidable lo protagoniza el escritor Juan Villoro, quien no duda en mostrar sus prejuicios y desconocimiento a la hora de escribir sobre arte contemporáneo, sin mencionar su cuestionable vínculo, casi como vocero, con la galería Kurimanzutto.

Debo aceptar que, más por sistema que por gusto, he leído casi todo lo que ha publicado el escritor y cronista sobre arte contemporáneo y siempre he terminado con la misma certeza. Villoro no forma parte del campo artístico.

El año que se hizo más clara esta condición fue 2016, cuando publicó un par de columnas de opinión sobre la obra de Jill Magid, artista estadounidense que creó un diamante con una parte de las cenizas del arquitecto mexicano Luis Barragán (1902-1988). En sus textos, el escritor se invistió en Ministerio Público para enjuiciar públicamente a las autoridades del estado de Jalisco, que no pudieron controlar el uso de “nuestro patrimonio”[3].  Las comillas aquí son importantes, porque cuando Villoro habla de patrimonio no se refiere a la obra creada por Barragán, sino a sus cenizas. El moralismo implícito de su crítica no deja lugar a duda, Villoro no será nuestro nuevo Paz.

 

Presuntos culpables

Del 27 al 30 de junio de 2017, la investigadora Brenda J. Caro impartió en el MUAC el seminario Tres aproximaciones sobre la crítica de arte en México, que tuvo una peculiaridad, como uno de los puntos introductorios del curso mostró una lista de aquellos críticos que publicaban en ese momento en el país. La lista, no es exhaustiva, pero la retomo para librarme del peso de ser juez y parte al momento de señalar a mis pares.

El listado, que tenía como título Presuntos culpables (una lista incompleta #1), incluía a Mónica Mayer, Cuauhtémoc Medina, José Luis Barrios, Pilar Villela, Irmgard Emmelhainz, Operación Hormiga, Magali Tercero, María Minera, Daniel Montero, Daniel Garza Usabiaga, Víctor Palacios, Sandra Sánchez, Edgar Alejandro Hernández, Eduardo Egea, Christian Gómez, José Manuel Springer, Aline Hernández, Mario Alberto García Rico, Irving Domínguez, Ricardo Pohlenz, Rocío Cárdenas, Eduardo Ramírez Perdajo, Eliud Nava, Ramón Almela, Patricia Martín, Ivan Ruiz y Adriana Melchor.

Salta a la vista lo heterogéneo y complejo que resulta poner en una misma canasta todos estos nombres, no sólo por el hecho de que lo único que tienen en común son sus diferencias, sino porque en algunos casos es infranqueable la disparidad que tienen en edad, formación o agencia. Otro dato no menor es que ya para 2017 algunos de estos presuntos culpables habían dejado definitivamente la crítica.

Pero esta diversidad no es nueva, todo lo contrario. La artista y crítica de arte Mónica Mayer compiló junto con el artista Víctor Lerma más de 40 mil textos de crítica y 200 mil noticias y entrevistas de 1991 a 2016, como parte del archivo Pinto Mi Raya, una memoria de críticas, debates y notas sobre artes visuales. En entrevista realizada el 24 de julio de 2019 en la Ciudad de México, Mayer recuerda que en las últimas tres décadas la crítica de arte se ha desdoblado en una variedad de textos que trascienden el propio género.

“No sé si sea diferente como se escribe hoy en relación a como lo hacíamos antes, porque siempre ha sido muy variado todo. Recuerdo que en un momento determinado en el archivo decidimos cambiar el rubro de Crítica de Arte por el de Opinión, porque reunía textos que no necesariamente podían considerarse de crítica, había mucha crónica y textos de otro tipo que se incluían porque considerábamos que podían servir para  la historia.

“Había, por ejemplo, escritores que usaban la obra como trampolín para hacer otras cosas, sin que fuera una cuestión de evaluar o emitir juicios. Yo misma publiqué textos que no eran crítica de arte, sino piezas de arte, pienso concretamente en los premios Polvo de Gallina Negra, que eran totalmente ficticios, pero que permitían analizar lo que había pasando en el año. Eran crítica, quién sabe. Lo interesante para mí son todos estos puntos de vista y formas de escribir. Me entusiasma más ver que escriban de muchas maneras y que eso acompañe al arte y al momento que estamos viviendo”.

Mayer sintetiza la situación de la crítica en México como “dispersa, polarizada en sus burbujas y muy desperdiciada”.

 

Periodo de poca nitidez

En entrevista realizada el 26 de julio de 2019, en la Ciudad de México, el crítico e historiador del arte Cuauhtémoc Medina describe al presente momento de la crítica de arte en México como “un periodo de poca nitidez”, que no obstante, no se debe a una ausencia de proyecto o a una simple desorientación.

Medina focaliza el problema en la catástrofe de los periódicos, ya que el hecho de que estén desapareciendo como un modelo de negocio tiene dos consecuencias muy evidentes para la crítica de arte.

“La supresión de espacio o la reducción del espacio de comentario de crítica al tamaño de Haikú o la presión sobre el periodismo en todas sus gamas a ser únicamente escandaloso. A no estar creando criterio y estar pensando en lo que ocurre, sino buscar disputar la nota y generar conflicto”.

Pero en este páramo, Medina también encuentra una cierta vitalidad en la variedad y complejidad de la escritura de arte hacia, que la describe como un momento de transición hacia algo que se espera tenga alguna relación argumental en el futuro.

“Lo que está pasando fuera de esos medios tradicionales tiene, en cambio, una vitalidad que no acaba de encontrar forma, porque expresa la variedad y la complejidad que ha adquirido la escritura de arte y la transición en relación a qué es lo que se espera de alguna clase de relación argumental con el campo de arte contemporáneo. Es sintomático más que representar un momento ya formado. Por un lado, tienes algunos textos que en realidad lo que están haciendo es una aparente teoría política o teoría de movilización y que en términos generales no tienen una gran inquietud por la producción artística per se. Están haciendo crítica sociológica generalizada y, por tanto, están ocupando este espacio por que no acaban de hacer ni una autocrítica de sus expectativas políticas, ni una autocrítica de la relación de las obras de arte con esos campos”.

Por desgracia, afirma, estas elaboraciones, aunque están llenas de notas de pie y de un aparente arsenal de teóricos, acaban siendo circulares sobre una constante elaboración del tema del neoliberalismo, que ni siquiera tienen suficiente precisión teórica.

“Del otro lado, hay una cantidad muy interesante, yo lo encuentro fresco, de textos que están tratando de resolver en el modo de la crónica una especie de pregunta sobre qué hacer en relación con la presión de cambio generacional y la presión del mainstream local. Porque la temática sucinta de esas argumentaciones es la institución y el mainstream, esas argumentaciones me parece que son imprescindibles, que en algún momento acabarán engarzando con alguna producción que las haga sustanciales. A quienes estudian historia del arte no les resultarán del todo desconocido lo que sucede en un periodo donde hay gente que está escribiendo en favor de algo que no aparece y eso significa que a veces los argumentos acaban siendo un tanto cuanto inexactos”.

 

Regreso a una crítica moral

El crítico e historiador del arte Daniel Montero desplaza la pregunta sobre la actualidad de la crítica de arte hacia un par de preguntas ¿la crítica de arte por sí misma hace algo o no hace algo? ¿Es eficaz o no es eficaz?

“Siempre he sostenido que la crítica de arte por sí sola no hace nada, que la crítica de arte es un momento de complemento importante de otro tipo de cosas, eso no quiere decir que no exista como ámbito individual del arte. En la actualidad esa dependencia se ha vuelto cada vez más extrema. Lo que está pasando en la crítica de arte en México –y en todo el mundo– es que se volvió a una especie de crítica de arte como a finales del siglo XVIII, donde hubo una liberación, un momento en donde comenzaron a circular un montón de fanzines y de cosas anónimas sobre arte y todo el mundo podía comenzar a opinar otra vez, sin ningún tipo de censura”, dice en entrevista realizada el 8 de agosto de 2019, en la Ciudad de México.

Pero Montero aclara que los contenidos de la crítica de arte no son los del siglo XVIII, sino que son un revuelto de los del siglo XVIII con los del siglo XIX. “Hay algo que yo creo que está pasando en la actualidad y es que la crítica de arte se volvió una crítica moral del arte”.

Pone de ejemplo a Lafont de Saint-Yenne (1688-1771), quien en el siglo XVIII decía que le parecía inmoral la obra de François Boucher (1703-1770), porque solamente estaban hechas para el mercado y que no permitía una especie de sensibilidad colectiva o, más bien, que la sensibilidad colectiva que presentaban era una sensibilidad inmoral.

“Casi toda la crítica de arte del presente, incluso la de las personas que nos interesan, está llena de eso. Es una crítica de arte que no es como la crítica de arte que solía hacerse en Estados Unidos, ya que al vincularse con el problema del medio, a través de Clement Greenberg (1909-1994), lo separó de un ámbito moral, que también lo hizo Theodor Adorno (1903-1969). Entonces, esa es la contemporaneidad de casi toda la crítica de arte, no solamente una denuncia, sino está cargada de moralidad”.

Pero, aclara, sí existe la crítica de arte, ya que hay mucha gente escribiendo. “Es el argumento de James Elkins, de 2002, la crítica de arte no ha muerto, lo que pasa es que se disgregó en otros espacios y el problema grande de eso es que antes, para poder escribir crítica de arte, uno tenía que escribir en un medio de prestigio. Es decir, había un trabajo editorial importante. Entonces el crítico de arte tenía prestigio. En la actualidad, el crítico de arte no tiene prestigio en un sentido estricto, no es como el que solía tener. Sobre todo en México, la labor del crítico de arte o la forma de ser el crítico de arte siempre estuvo asociada con la del intelectual. Caso típico de eso es Octavio Paz (1914-1998), pero no sólo Paz, también estaba Luis Cardoza y Aragón (1901-1992), Juan García Ponce (1932-2003) y todos esos tipos que tenían mucho prestigio. Ya no hay eso. El crítico de arte perdió prestigio, tal vez su propia especialización lo condenó”.

 

¡Súbanse a la ola! Las redes sociales

Si bien puede considerarse casi un lugar común, no se puede obviar el impacto que ha tenido en la crítica de arte el Internet y las redes sociales. Ante la virtual muerte de los periódicos en papel, el salto tecnológico ha provocado cambios obvios en la producción crítica. Si se quiere ver como algo positivo, como es el caso de Cuauhtémoc Medina, quien ve como algo “fresco” esta diversidad de medios y formatos que algunos colegas han aprovechado para hablar sobre exposiciones, es importante también insistir que estas nuevas plataformas son extremadamente volubles y su permanente cambio genera un problema adicional. Su poca permanencia.

Otro factor, que me interesa personalmente, es la posibilidad que abren las redes sociales para tener una interacción con el público. Más allá de la tautología implícita de que el público publique, sin importar si es un Like o un comentario de Facebook, representa un cambio que no se ha procesado del todo, pero que pone en tensión la pertinencia de escribir textos de crítica (pensando en el esquema tradicional) en plataformas digitales.

Esa discusión la abrió hace poco Daniel Montero en un texto de la revista Código titulado Los usos del arte 3: La crítica de arte. Entre internet y las redes sociales[4]. Que parte de una declaración del artista Pablo Helguera, quien en una columna sobre dudas respecto al arte contemporáneo dice: “El entorno digital no es una plataforma óptima para hablar de arte, ni de muchas otras cosas, por varias razones. Una de ellas es que se presta al reduccionismo, con comentarios que suelen tener la forma de juicios de valor”.

Ante la declaración de Helguera, Montero abre varias preguntas: ¿cuál debe ser la forma de escritura del arte contemporáneo y de la contemporaneidad del arte en un contexto digital de flujos de información? y ¿cuál debe ser su plataforma y cómo es que ello puede configurar y producir valor, no solo del arte del que habla, sino de la textualidad y del discurso?

No reproduzco las respuestas de Montero para no caer en un síntesis injusta, recomiendo en todo caso leerlas en directo. Me interesa más poner en tensión sus cuestionamientos con la propia existencia de esta revista. Ya sea por su esquema de negocios o por una postura política, Utopía decidió no tener una versión en Internet. La primera vez que escuché a Rosa Olivares plantear esto me pareció un suicidio, pero tan no lo es que ya van en el número cuatro y el proyecto sigue.

¿Qué nos demuestra esto? Que si bien vivimos un momento de transición, no hay tampoco razones objetivas para desechar plataformas o formas “tradicionales” de crítica, todo en aras de subirnos a la ola de una supuesta actualidad.  Más allá del mercado y de los actuales esquemas de validación del arte, me consta que la crítica de arte sigue teniendo lectores sin importar el medio o formato en el cual se publique. ¿Es suficiente eso para decir que existe crítica de arte en México? Yo creo que sí.



[1] Rodríguez Prampolini, Ida. Ida Rodríguez Prampolini. La crítica de arte en el siglo XX, México, Instituto de Investigaciones Estéticas/UNAM, 2016, pp. 104-107.

 

[2] El programa Debate 22: arte contemporáneo puede consultarse en https://www.youtube.com/watch?v=c2xsVzQ2U8w&feature=youtu.be La discusión inicia a partir del minuto 18.

[3] Villoro, Juan. “De vuelta a las cenizas”, en periódico Reforma, 12 de agosto de 2016, p. 11.


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