El poder creativo de la destrucción

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ



En un país como México, donde la cultura se ha utilizado como parte de la propaganda política para legitimar el “combate a la violencia”, resulta refrescante encontrar muestras como SIN, del artista Mario de Vega, que cuestionan, desde una institución pública, los vacíos gubernamentales con una serie de instalaciones que literalmente ponen en riesgo al público que acude al museo.

Bajo la advertencia por escrito de que la exposición no es apta para niños, mujeres embarazadas y personas de la tercera edad, el visitante tiene que firmar una carta en la que acepta que ni el autor, el equipo curatorial o el Laboratorio Arte Alameda (LAA) se hacen responsables de las “posibles complicaciones” que pueda ocasionarle la visita.

¿A qué complicaciones se refiere? Entre otras cosas a recibir una descarga de siete mil volts si se toca una reja electrificada en una de las naves o a los posibles mareos, dolor de cabeza o, en caso extremo, alucinaciones provocadas por las instalaciones que exploran la percepción acústica (con sonidos de baja sonoridad y alta intensidad) y el efecto vibratorio en el cuerpo (con un dispositivo que simula un temblor).

Si bien es predecible que una mirada conservadora encuentre un exceso o un despropósito en montar piezas que puedan ocasionar un daño físico al visitante que acuda al LAA, por encima de cualquier prejuicio, es pertinente destacar el potencial crítico que tienen este tipo de piezas sobre la naturaleza misma del museo y la experiencia que ofrecen al espectador, ya que son obras capaces de generar sensaciones tan íntimas como el miedo, el agobio, la desorientación o el temor a la muerte.

En suma, las instalaciones tienen la virtud de romper con el frío acto de acudir a un recinto a ver objetos, además de que abren la discusión sobre cuál debe ser el objetivo de un museo: entretener, divertir o confrontar al visitante con la obra para generar un pensamiento crítico.

El trabajo de Mario de Vega se suma a un grupo de obras que si bien no son dominantes en la escena local, sí han tenido presencia en proyectos curatoriales que, con mayor o menor eficacia, se han montado recientemente en la Ciudad de México.

El mismo LAA presentó en 2010 Zee, del artista austriaco Kurt Hentschläger, como parte de la muestra colectiva “(In) posición dinámica”, la cual buscaba crear una experiencia sensorial, a partir de una instalación dentro de una habitación donde la gente se sumergía dentro de una espesa bruma, la cual era acompañado de luz estroboscópica y efectos de sonidos. La experiencia, en algún caso, podía desencadenar un ataque epiléptico.

Tanto en Hentschläger como en De Vega sus acciones requieren de un riesgo latente hacia el público, el cual, si bien es calculado, no pueden ser mediados por criterios institucionales o de sentido común, ya que se corre el riesgo de neutralizar la obra o simplemente desvirtuarla.

Un ejemplo que muestra la neutralización de piezas de este tipo se dio en la muestra Ergo, material. Arte povera, que presentó en 2010 el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, la cual incluía la obra Sin título (1969), de Jannis Kounellis, un conjunto de sopletes conectados a cilindros de gas propago que se exhibían con la llama encendida.

La instalación se montó en un cuarto con acceso parcial al público, ya que durante el transcurso de la muestra se tomó la decisión de clausurar la entrada con una banda amarilla que señalaba el peligro. La decisión no sólo criminalizaba implícitamente la pieza, sino que cancelaba cualquier experiencia sensible.

Vale recordar que esta obra de Kounellis la polémica la ha seguido desde su creación, ya que incluso, según explicó la gente del MUAC, su instalación está prohibida en varios países europeos.

Pero más allá de cualquier juicio, resulta evidente que cuando se toma la decisión de presentar una obra que implica un riesgo para el público, lo que bajo ninguna circunstancia se puede permitir el recinto o el artista es dosificarla con el propósito de aminorar el peligro, ya que la energía que activa este tipo de obras está justo en el potencial creativo de la destrucción en el arte, tal y como lo recordó el curador Michel Blancsubé en el texto de sala de SIN.  


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