“Lo que se hace ahora son puras babosadas”, Cuevas

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ



Sentado en uno de los salones del museo que lleva su nombre, el pintor José Luis Cuevas fuma con gusto un cigarro. Desde que el gobierno lo prohibió empezó a fumar, porque al artista siempre le ha gustado ir a contracorriente. Como buen platicador, Cuevas se toma su tiempo para narrar todo tipo de historias. Su larga batalla en contra del muralismo y lo que él llama la pintura oficial. Su visita a la casa del poeta Pablo Neruda, a quien describe como un hombre grande con brazos cortos y voz tipluda. O sus caminatas en compañía de Jorge Luis Borges, quien ciego visitó una de sus exposiciones en Buenos Aires y se fue satisfecho porque “escuchó el rumor” de los personajes creados por el pintor mexicano.

En la antesala de su magna exposición, en el Museo del Palacio de Bellas Artes, Cuevas habla de aquellos sucesos y personajes que fueron perfilando, para bien o para mal, su carrera artística.

¿Usted encabezó el movimiento conocido como  Ruptura, al confrontar abiertamente a la Escuela Mexicana de Pintura, pero no cree que antes Rufino Tamayo le abrió el camino?

En realidad no, porque hubo una especie de diferencia entre la actitud de Tamayo y lo que yo hice cuando escribí un artículo, que después se conocería como la Cortina de Nopal, donde me manifiesto en contra del estilo realista y político de los muralistas y propongo una mayor libertad creativa.

Tamayo hizo un trabajo distinto, influenciado por los artistas franceses, pero jamás hubo un enfrentamiento o un manifiesto. Creo que fue un problema de carácter, no era un hombre de polémicas. A Tamayo le dio miedo enfrentarse con Rivera y Siqueiros, porque incluso era peligroso, eran hombres que andaban armados. A mí me tocó más bien recibir las agresiones de sus seguidores, Leopoldo Méndez, Raúl Anguiano y José Chávez Morado en México; y de decenas de epígonos que tuvo el muralismo en toda América Latina.

­¿Si usted no siguió el camino da los muralistas, cuáles fueron sus influencias?

Yo no tengo influencias. Siento admiración por artistas clásicos como Rembrant o Goya, también soy seguidor de Picasso, pero no se podría decir que hay una influencia directa. Los admiro, pero no los copio, en cambio hay muchos pintores que no me admiran, pero sí me copian mucho.

En varias ocasiones usted ha señalado que Fernando Botero, que ahora vende sus piezas en miles de dólares, le copió el estilo. ¿En qué basa su dicho?

Ambos estábamos en Nueva York, donde yo exponía por segunda ocasión. Botero sólo vivía ahí, aún no exponía. En esa época presenté una serie de dibujos en donde engordaba a mis personajes, pero no porque fuera mi tema, sino porque estaba inspirado en una pintura de un santo de (Andrea) Mantegna que vi en la National Gallery.

Esa exposición la vio Botero y le impresionó porque él estaba muy apantallado con la obra de un artista francés llamado Bernard Bufeet, que tuvo éxito comercial pintando figuras muy flacas. Sobre todo le interesaba su éxito comercial, entonces yo le dije que pintara gordos, que igual eso le servía para tener fama. Me hizo caso y ahí se ha quedado hasta la fecha.

¿Por qué dice no interesarle el arte contemporáneo, si algunas de sus obras, como el Mural efímero, dialogan con este tipo de lenguajes?

Cuando hay talento no importa la tendencia, pero lo que están haciendo ahora son puras babosadas. Yo no sólo hice el Mural efímero, sino que organicé exposiciones en las que invitaba a mujeres a que con un tatuaje me llevaran en su cuerpo, además de que me propuse como garañón para hacerles un hijo y que fuera arte vivo. En su momento estas eran ideas originales, porque no estaban de moda el conceptualismo, lo que hacen ahora es aprovechar su poder económico para hacer cualquier tontería.


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