Entrevista con Cuauhtémoc Medina/Olinka 2019

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ




Olinka, la utopía urbana del Dr. Atl


Entre los años 1912 y 1913 el pintor y vulcanólogo Gerardo Murillo, Dr. Atl (1875-1964) tuvo la megalómana idea de que podría crear una ciudad que no fuera guiada por intereses políticos o económicos, sino que tuviera como motor a artistas, intelectuales y científicos que pudieran trabajar sin el ruido de la sociedad. Su ciudad ideal se llamaría Olinka y transformaría no sólo a la humanidad sino al Universo.

 

Pero al sueño del Dr. Atl se le cruzó la Revolución mexicana y su estrambótica idea durmió cuatro décadas, hasta 1952, cuando la retomó para volverla su principal proyecto de madurez, el cual impulsaría sin ningún éxito durante sus últimos 12 años de vida.

 

En 1991 el curador y crítico de arte Cuauhtémoc Medina (Ciudad de México, 1965) presentó como proyecto de tesis su investigación sobre la Olinka de Atl para obtener el grado de licenciado en historia en la UNAM. Emulando inconscientemente al paisajista, Medina también mantuvo en hibernación durante casi tres décadas dicho trabajo, hasta hace unos años, cuando hizo un importante trabajo de reescritura que le permitió publicar el libro Olinka, la ciudad ideal del Dr. Atl (El Colegio Nacional, 2018).

 

Tomando como referencia la cantidad y variedad de referencias documentales que presenta el libro, ¿qué tanto fue reescrito esta versión en relación a la tesis de licenciatura que presentaste en 1991?

 

Hacia fines de los años 80, y eso estaba mal, las expectativas de las tesis de licenciatura en historia de la UNAM eran demasiado altas. Son las responsables de que muchas personas se hayan atorado en el proceso. Los que salíamos adelante lo hacíamos con libros listos para preparar su publicación.

 

Al mismo tiempo, había en ese trabajo una energía personal muy concreta, porque estaba tratando de resolver un dilema en torno a qué relaciones había entre intelectuales y política, era el derivado del aprendizaje político del Consejo Estudiantil Universitario (en el que Medina participó como comisionado de prensa y archivo en la Huelga de 1987) y algo que era extremadamente difícil de explicar, porque era como la convicción de que había una práctica totalmente legítima, pero al mismo tiempo que no era la mía.

 

Yo pensaba escarbar más en el rol de Atl en la Revolución, pero fui al archivo y me pareció extremadamente decepcionante, porque era evidente que había sido previamente seleccionado. Sin embargo, lo que encontraba constantemente era este material sobre Olinka. Fundamentalmente me pareció que el tema era algo que no habían podido encontrar a alguien que le dedicara energía, por la manera que estaba configurado como una locura de Atl. Pero para quienes crecimos leyendo textos de los 80 el descalificativo de locura nos parece sospechoso, Foucault nos inoculó por lo menos esa prevención. En este contexto, el dato es que, ya visto en detalle, Olinka no parecía tan absurdo.

 

Al hacer una revisión crítica al proyecto del Dr. Atl, hay el señalamiento de que Olinka tiene la “pretensión radicalmente antisocial de anteponer el privilegio y la comodidad de unos cuantos sabios y artistas al desenvolvimiento del conjunto de la sociedad”. Más allá del anacronismo, esta descripción podría encajar hoy a El Colegio Nacional, institución que, paradójicamente, publica el libro.

 

No estoy de acuerdo. Yo me beneficié de manera muy intensa de El Colegio Nacional cuando era adolescente. Yo aprendí ahí sobre muchos temas y para mí era un privilegio insensato oír, por ejemplo, a Luis González y González dictar lo que después fue el libro La ronda de las generaciones. Esto es algo que recuerdo con un romance extraordinario, fueron sesiones de carcajadas llenas de un mapa intelectual que yo en ese momento no tenía. O ver a Salvador Elizondo u Octavio Paz. Es interesante que Atl estuvo sólo un año, se salió por algo. [En la presentación del libro el historiador Javier Garciadiego comentó dos hipótesis de la renuncia de Atl: que la invitación se la habían hecho a un tal Gerardo Murillo, que no era él; y que no estaba de acuerdo en la exigencia de dar un discurso].

 

El Colegio Nacional se hizo para generar algo imprescindible para cualquier sociedad, que es algún modo de vida que permita producción libre. Yo tengo la impresión de que una parte de la animadversión que hay por El Colegio Nacional tiene que ver con un asunto relacionado con las élites, que antes no existía. La segunda apelación puede ser una animadversión contra sus miembros en concreto, pero eso no es permanente, algo de la animadversión que hay hoy no se percibía cuando estaba vivo José Emilio Pacheco.

 

Hablemos un poco de la crítica que haces a tu gremio, concretamente a aquellos que se han vuelto los historiadores oficiales del Dr. Atl y que, incluso, se apoderaron de parte de su archivo. Tu libro toma al mismo personaje, pero lo aborda desde otro punto de vista.

 

Me resulta muy evidente que hay una serie de eventos y personajes de la que todavía no tenemos una revisión crítica, que estamos imbuidos de una narrativa del mexicanismo y de la construcción de la cultura mexicana moderna. Y también hay casos como el de Fausto Ramírez o Renato González Mello que creo han transformado de forma muy radical la manera en cómo vemos a personajes como Ramón López Velarde, José Clemente Orozco o Diego Rivera. Este libro es parte de ese momento. Un estímulo importante para hacer el libro fue un seminario de Carlos Monsiváis, quien nos enseño a ver Pasado inmediato y otros ensayos, de Alfonso Reyes, con una gran desconfianza. Monsiváis nos reveló la forma en que Reyes había creado la ficción de que su generación era un proyecto revolucionario, cuando sus alianzas porfiristas eran significativas.

 

Me parece que buena parte de lo que se ha producido en los últimos 20 años de la historiografía mexicana del siglo XX ha sido poner minas en el argumento que todavía se transmite bajo la forma del relato oficializado en las escuelas primarias. Es interesante la dialéctica entre esa historiografía crítica y el hecho de que el relato nacional parece incólume.

El proyecto de Olinka era Olinka reunir a sabios y artistas de todo el mundo. Una de sus edificaciones era el Templo de la Sabiduría. / El Colegio Nacional

 

Vale la pena recuperar la genealogía de historiografía crítica que persigue este libro, concretamente pienso en el trabajo de Fausto Ramírez.

 

Artistas e iniciados en la obra mural de Orozco, de 1983, de Fausto Ramírez, es probablemente el artículo más influyente de dos o tres décadas. Para quienes estudiábamos en ese momento ese texto fue una conmoción. Por otra parte, lo que planteaba era algo muy concreto. El desapego frente al positivismo oficial produjo una búsqueda vanguardista de una variedad de posibilidades metapsicológicas y de intentos de ligarte con tradiciones no occidentales, que son parte de la cultura más honda del siglo XX. Aunque algunos que somos muy ilustrados no nos guste, el siglo XX fue el siglo de gente que había leído a Marx, a Freud a Nietzsche y a Uspensky. Yo estaba claro, por razones de familia, que el hecho es que la Revolución mexicana, en su costado jacobino, tuvo una variedad de alternativas espirituales disidentes a nivel de cultura popular. El rol de los espiritualistas, el pensar que puedes hablar con Cuauhtémoc, son cosas que yo aprendí porque mis tías lo hacían. Por eso, lo que yo sí hago en este libro es mostrar un caso que es muy interesante, porque Atl no parece estar afiliado a una línea esotérica particular, sino que más bien es un ocultista original, es alguien que se inventó su propia hipótesis sobre el universo, hizo una antropología no comparable, aunque tiene una base lejana gnóstica, en el sentido de que describe una situación del ser humano en una caída, pero que plantea una solución muy extraña que está ligada con la noción de los viajes espaciales y matar a Dios desde fuera del Universo.

Esquema del funcionamiento del cerebro elaborador por el Dr. Atl. En éste sostiene que el conocimiento sensorial, visual en particular, era una sección menor de las potencialidades cerebrales. Dr. Atl también tenía la idea de que el cerebro humano está conectado con una materia cósmica: un sistema solar, el Universo, una galaxia, el espacio ‘intermedio’, lo exrtauniversal y lo desconocido”. / Reproducción de El Colegio Nacional con autorización del INBA

 

Si bien el libro hace una crítica al proyecto de Olinka, también es cierto que no emite juicios de valor en relación a su inspiración fascista. Es neutral en el sentido de que documenta el discurso prohitleriano del Dr. Atl, pero no sataniza al personaje.

 

No estoy tan seguro de que soy tan neutral, pero sí veo una diferencia entre la perorata y la historiografía. La historiografía es el trabajo que tiene el lugar importante de argumentar sobre la  base de la evidencia. Cuando uno escribe historia uno hace además inferencias con distintos grados de certeza. Uno de los requisitos de escribir historia es diferenciar las cosas que uno tiene por seguro, de las cosas que está aventurando y de las cosas que son probables. Es muy importante entender que el antisemitismo es un fenómeno internacional, que tiene una importancia enorme, no es una enfermedad de verano, es toda una tendencia cultural que dominó una época de manera brutal. Lo que trato de despejar son algunas temáticas que claramente vienen de Los protocolos de los sabios de Sion y me parece que la manera en que Atl se engancha a favor de Hitler incluye el dato muy peculiar de considerarlo la realización de su teoría de que los artistas gobernaran el mundo, pero es un dato que me parece extremadamente interesante.

 

En el libro mencionas que encontraste los documentos de Olinka como un hallazgo de archivo, pero no queda claro cómo se dio dicho hallazgo.

 

El archivo del Dr. Atl está en depósito en la Biblioteca Nacional, es raro que esté ahí, pero es benéfico. La masa que tiene que ver con Olinka es muy grande y lo primero que me resulta evidente es que Atl había gastado muchísima energía tratando de crear esta ciudad, que había sido un proyecto de vida y que él trató de hacer su relato de vida tomando como núcleo este proyecto. Ahí está la cantidad de borradores sobre las gestiones que permiten tener concentrado en un solo sitio las gestiones de los intentos.


Si bien Olinka fue un proyecto fallido, la reconstrucción de los hechos da la sensación de que estuvo cerca de cristalizarse, tal vez sólo faltó la bendición presidencial, porque es claro que Atl sí tenía derecho de picaporte con los gobernantes.

 

No estoy tan seguro. Por un lado, tenemos dos o tres otros ejemplos de proyectos ambiciosos que no se realizan, el más claro es la Ciudad de las Artes, de Diego Rivera, que sólo logró construir su núcleo, que es el Museo Anahuacalli; y por el otro, jamás logró convencer que esto iba a viabilizarse. El intento de 1952 de sumar voluntades en un Consejo Nacional de la Cultura es evidentemente muy superficial y la concreción del objetivo final de los viajes espaciales no era parte de la agenda que podía hacerse desde el sur. Todo esto habla de los límites de la modernización mexicana y de lo que era viable de ocurrir.

 

El arquitecto Jacobo Köningsberg (quien trazó los planos de la ciudad Olinka) me decía que era un momento donde parecía que uno podía hacer cosas enormes. Que Ciudad Universitaria había sido un momento en el que se sentía energía social en México. Pero bueno, había energía social si el presidente lo apoyaba. Si alguien lo convencía de que había que tumbar completamente Nonoalco, quitar el campamento de los ferrocarrileros y hacer la unidad habitacional más grande del país, se hacía. Atl no tuvo el oído presidencial y el proyecto no rimaba con los objetivos de la ciudad, estaba demasiado perfilado como un rechazo de la lógica social.


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