“Contra el arte contemporáneo”, simulacro editorial

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ



1. LA PROMOCIÓN Y SUS EXTRAÑOS CAMINOS
Desde el año pasado circula el libro “Contra el arte contemporáneo” (Tumbona, 2014), de Javier Toscano, título que más allá de resultar sugerente se vuelve una extensión cacofónica a todos aquellos detractores que ven una farsa (el autor lo define concretamente como simulacro) en el “sistema del arte”.
Si bien el esquema de difusión no se puede considerar extraordinario en relación a otras publicaciones de su tipo, sí hay que destacar que el libro de Javier Toscano ha aparecido en varias conversaciones públicas y privadas, así como en algunos textos críticos. Concretamente quiero referirme al diálogo que sostuvo el autor en el “Conversatorio I: Subjetividades en circulación”, cuyo audio puede escucharse en línea (http://gastv.mx/relatoria-conversatorio-i-subjetividades-en-circulacion/).
Más allá de la defensa que Javier Toscano realizó de su texto, lo que me despertó el morbo por leerlo fue su gesto, un tanto histérico, en el que el autor aseguraba en dicha plática que su libro no era el demonio, que sólo era un libro chiquito de 100 cuartillas que no iba a destruir el mundo del arte (debo aclarar que ninguno de los ponentes ni el público sugirió tal cosa).

Es una invitación a atizar al lector, parece que lo trajera como el Satanás. Ya acá hay gente que se lo toma muy personal, pero ese es otro rollo”,

sentenció Javier Toscano, un tanto excitado por las risas nerviosas del público.
Mentiría si dijera que después de escuchar a Javier Toscano fui a comprar el libro. Lo pedí prestado y tal vez me lo robe (quiero seguir la doctrina del autor, quien ve un grave peligro para el arte en la nueva religión llamada dinero).
Ahora que lo leí, entiendo por qué a Javier Toscano le perturbó tanto que hubiera gente que se toma muy personal su libro, porque si bien su ensayo intenta reflejar una estructura del arte corrupta, que parte de intereses económicos y de una permanente simulación, lo que en realidad hace es criticar prácticas locales de personas que conoce bien, pero que están estratégicamente ocultas para que sólo los involucrados entiendan a quien va dirigida su crítica. Incluso al final del texto argumenta por qué no refiere a casos concretos, pero lo que se ve claramente es que el autor no quiere dejar la seguridad que le da el ser políticamente corrección.
 
2. EL ELEFANTE EN EL CUARTO
“Contra el arte contemporáneo” parte de la premisa de que las prácticas que dominan el mundo del arte viven hermanadas con el sistema económico neoliberal, donde los artistas proveen los objetos y recursos para mantener el culto de una nueva religión llamada dinero. Al autor le parece extraño que este circuito del arte, corrompido por el dinero, incremente su número de adeptos de forma exponencial. La única explicación que Javier Toscano encuentra para este crecimiento de público está en “una obstinada servidumbre voluntaria”. Más allá de las vueltas argumentales que le da al tema, lo que el libro propone es un sistema del arte que vive en un simulacro, avalado por una actitud servil de sus participantes.

En el libro el autor recurre a la estructura literaria del narrador omnipresente, que lo ve todo, que lo toca todo y que no es afectado por su propio relato.
Es justo decir que Javier Toscano logra desarrollar un argumento impecable en su escritura y la inclusión de numerosas referencias teóricas y documentales que van dando cuerpo a su ensayo. El punto crítico llega cuando el autor se coloca en una postura imposible, es decir, por fuera del sistema artístico que busca criticar. En el libro el autor recurre a la estructura literaria del narrador omnipresente, que lo ve todo, que lo toca todo y que no es afectado por su propio relato. Esta postura es insostenible porque Javier Toscano al igual que su libro “Contra el arte contemporáneo”, se suma a aquellas prácticas que critican el sistema artístico para intentar cambiarlo desde dentro. Es por eso que el autor inicia con una petición de principios que deviene en una especie de doctrina que busca alertar sobre los males que el sistema económico está ocasionando a la creación artística.

Dentro del ensayo es ejemplar el cuidado quirúrgico que Javier Toscano tiene al momento de criticar con nombre y apellido a dos personajes que, desde los extremos, son referentes del arte contemporáneo.

Cuando el autor critica, por ejemplo, a Cuauhtémoc Medina como un crítico que ya no tiene “facha de crítico”, porque ya es un agente preponderante del sistema del arte, lo hace a través de una cita a pie de página que salva al autor de exponerse a una confrontación directa. Más aún, cuando cuestiona su práctica, al asegurar que el participar en el sistema del arte con sus fábulas cínicas y exabruptos críticos para tratar de cambiar las cosas desde adentro de la institución, de nuevo niega el referente que para muchos lectores es obvio.

Por más aséptico e impersonal que busca ser el autor, su ensayo regala ciertos momentos emocionales que dejan ver que sí hay algo personal en el texto.

No puedo quitarme la imagen del ex novio despechado que le reclama a su mujer la pérdida del amor, cuando leo que Javier Toscano se refiere a Avelina Lésper, no de forma directa sino nuevamente a través de una nota a pie de página, como una “infatuada periodista, más pasional y agreste que inteligente y honesta”. Por más aséptico e impersonal que busca ser el autor, su ensayo regala ciertos momentos emocionales que dejan ver que sí hay algo personal en el texto.
Es más, Javier Toscano y Avelina Lésper comparten por momentos la misma terminología anacrónica para describir el “mainstream” del arte. Para el primero se trata del “jetset” contemporáneo y para la segunda el arte “VIP”. ¿A qué se refieren con estos términos? Lo único que muestran es un revanchismo social similar al que tiene un conductor de microbús cuando le cierra abruptamente el paso a la camioneta de una señora copetona, nadamás pa’ que sienta el poder del barrio.
No me queda claro cómo Javier Toscano se puede situar fuera de ese “jetset” que critica. Sólo el autoengaño hace posible que un doctor en filosofía por la UNAM/Frei Universität de Berlín, con posdoctorado en la Universidad de Paris IV:Sorbonne (estos datos los consigna la contraportada del libro) se vea fuera de una élite académica que, por su práctica, está unida naturalmente a la élite del arte contemporáneo.


3. SIMULACRO (I)LEGÍTIMO E (I)LEGAL
Como ya referí anteriormente, el ensayo de Javier Toscano argumenta que hay un simulacro detrás de las prácticas que hoy rigen al arte contemporáneo, ya que su producción se ha convertido en mercancías que sirven para nutrir un sistema financiero que vive de la especulación. El autor se permite incluso acusar a los artistas, galeristas, coleccionistas e instituciones del arte de ser una estructura privilegiada para el lavado de dinero, pero nuevamente se cuida de no comprometer su señalamiento y no da ejemplos concretos. ¿De qué sirve que Javier Toscano nos diga que vivimos en un sistema corrupto? Sería increíble, por ejemplo, que si Javier Toscano quiere hablar de lavado de dinero documentara qué compró Elba Esther Gordillo a la Marian Goodman Gallery, luego de que la PGR reportó que la galería neoyorquina había recibido depósitos de la ex líder magisterial, quien está presa desde febrero de 2013 por desviar dos mil millones de pesos del SNTE. Pero eso no pasa porque el autor dice que no tiene sentido hablar de casos concretos.
Otro de los argumentos complicados del libro se da cuando Javier Toscano se refiere a las instituciones culturales y las acusa de operar en los límites de lo legítimo y lo legal al apoyar a galerías y colecciones particulares, por lo que urge a crear políticas “claras” y “racionales” que rijan las asociaciones entre instituciones públicas y privadas.
Como ya lo había señalado anteriormente, Javier Toscano se abstrae del mundo del arte y obvia cosas tan evidentes como que esa misma estructura mal regulada que permite que el Estado apoye a galerías comerciales es la misma que hizo posible que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes financie a la editorial Tumbona para publicar su propio libro, gracias a que fue beneficiaria del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales 2013.

No se trata de aplaudir el financiamiento público a proyectos comerciales de arte, pero en términos prácticos una editorial hace libros para venderlos y, aunque no lo crea el autor, obtener dinero (espero que ahora quede claro por qué no compré el libro).

Si la editorial no pensara en generar una mercancía vendible, cómo se justifica entonces los excesos que se permiten en el diseño del libro al utilizar en la portada y contraportada una estructura similar a la de un cartel de una pelea de box (con guantes y boxeador incluidos), además de frases típicas de anuncio publicitario como “Un ensayo rompedor”.
Seguramente la diferencia en el margen de ganancias entre las galerías y la editorial es exponencial, pero quién tiene la autoridad para definir entre las dos prácticas qué es legítimo, porque ambas son legales. Tal vez sólo el simulacro que intenta crear el autor.


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