45 Cuerpos

POR EDGAR ALEJANDRO HERNÁNDEZ

La discusión que desde el siglo pasado tuvieron algunas vanguardias con la institución museística, que consideraban al museo como un cementerio para el arte, adquiere otro nivel de interpretación cuando la artista Teresa Margolles (Culiacán, 1963) convirtió una de las salas del Museo de la Ciudad de Querétaro en una tumba para exhibir restos sobrantes de hilos con los que, después de la autopsia, se cosieron 45 cuerpos de personas que sufrieron una muerte violenta en diferentes estados del país.

La exposición 45 Cuerpos (2006–2016), actualiza una de las obras más contundentes de Margolles, no sólo por la eficacia de su discurso, sino por la economía de sus materiales, la cual se presentó hace una década en el Kunstverein für die Rheinlande und Westfalen, en Düsseldorf, Alemania, bajo el título 127  cuerpos, y que en 2011 tuvo una segunda versión en el Museo de Arte de Zapopan.

Contrario a lo que mediáticamente se ha difundido en relación a la disminución de la violencia en el país, tras la llamada guerra contra el narco, Margolles recupera su obra para recordarnos, con una sutil y pulcra instalación, que no han cesado los asesinatos a lo largo y ancho del país.

Como contexto vale la pena retomar el reporte trimestral que dio a conocer el pasado 25 de abril el Semáforo Delictivo Nacional, que indica que durante los primeros tres meses de 2016 se registraron en México dos mil 538 ejecuciones del crimen organizado, es decir, más del 50 por ciento de los cuatro mil 556 homicidios cometidos en el país.

Si bien el número de asesinatos sigue siendo obsceno para un país que es económicamente estable y que discursivamente vive en paz, la obra de Margolles deja claro que no se puede olvidar la presencia de todas esas víctimas y, mucho menos, aceptar la normalización de los homicidios en ciertos estados “calientes” del país.

Es por ello que el título de la muestra apela directamente a los cuerpos que simbólicamente están representados por cada uno de esos trozos de hilo que cruzaron una y otra vez la carne inerte para cerrar sus restos tras la autopsia. Los fragmentos de sangre ennegrecida que cada tanto pueden apreciarse en el anudado cordón de 24 metros de largo se vuelven testigos de esa realidad que cruza México, pero que hay que ver con detenimiento para poder observar.

Si bien Margolles se ha sumado a ese grupo de artistas itinerantes que operan en cualquier ciudad del mundo, la recolección de estos trozos de hilo se concentran en las morgues locales de los principales estados de la República, para acentuar la urgencia de discutir ampliamente el tema de la violencia en México.

Aún cuando el tema es escandaloso por naturaleza, el montaje planteado por Margolles recurre justamente al extremo contrario, a la representación mínima del suceso mortuorio para obligar al espectador a enfrentar la ausencia de esos cuerpos a través de su propia presencia.

A diferencia de su montaje en otras sedes, aquí la artista decidió utilizar una teatralidad que estaba acentuada por la iluminación, la cual se concentraba como un haz de luz sobre el cordón de trozos de hilo, acción que obligó a oscureció toda la sala y que el visitante entrara entre penumbras.

El dramatismo de la museografía reafirma la idea de tumba que se le puede adjudicar a la sala de museo, un oscuro y frío lugar donde el arte nos recuerda el final de la vida.

 

El visitante que llega generalmente lo hace por curiosidad o morbo, ya que la entrada a la sala está cubierta por un par de cortinas gruesas y oscuras. Al atravesar el umbral lo que se topa el espectador es con un objeto extraño, que seguramente tarda un momento en descifrar su naturaleza. Ese desconcierto vuelto hallazgo es sin duda uno de los momentos más ejemplares de la exposición, pues no deja lugar a dudas de que la obra que se exhibe trasciende por mucho cualquier noción tradicional de arte.

Como lo explica el escritor Guillermo Fadanelli en el texto de sala, “el cuerpo sin vida continúa siendo una mina simbólica además de un territorio plástico”. La exposición 45 cuerpos debe ser vista como símbolo de nuestra realidad nacional, pero también como sello indiscutible de una artista que reafirma su compromiso social regresando una y otra vez a exorcizar la materialidad viva, aunque inerte, de todos nuestros muertos.

 

45 cuerpos, 2006–2016, de Teresa Margolles, se presenta del 15 de febrero al 15 de mayo de 2016, en el Museo de la Ciudad de Querétaro, ubicado en la calle Guerrero 27 Nte. Centro Histórico, Santiago de Querétaro, Querétaro.

 

45 Bodies


A discussion begun this past century amongst several vanguard movements, in which the museum as institution is regarded as an artistic graveyard, is graced with another level of interpretation in artist Teresa Margolles’ (Culiacan, 1963) transformation of the Museo de la Ciudad de Queretaro, into a tomb to exhibit string remaining from the sewing up of 45 bodies, post autopsy, of people who suffered violent deaths in different states throughout Mexico.

The exhibition, 45 Bodies (2006-2016), actualizes one of the artist’s most significant projects, due, not only to the potency of its narrative, but also to the economic use of material in the work. The project, which was introduced a decade ago at the Kunstverein für die Rheinlande und Westfalen, in Düsseldorf, Germany, under the title 127 bodies, was exhibited again in 2011 at the Art Museum of Zapopan, Jalisco.

Contrary to what the media claims to be a reduced amount of violence in the country in the wake of the so-called war on drugs, Margollesreactivates this work to remind us, through her subtle and restrained installation, that killings across the country have not stopped.

In order to give some context it is worth summarizing the quarterly report presented by the Semáforo Delictivo Nacional –a platform for community members to register criminal complaints– on April 25, which indicates that during the first three months of 2016 there were 2,538 deaths due to organized crime in the country. This number is over half of the 4,556 homicides committed in the country the previous year.

Although the quantity of killings remains obscene in a country that is economically stable, and one that, according to the media, lives in peace, Margolles’ work makes clear that the presence of these victims cannot be forgotten, much less accepted as part of a standardized practice of homicide in what are known as "hot" states within Mexico.

Hence the show’s title, which directly appeals to the bodies that are symbolically represented by each of the pieces of thread used to close the inert flesh of each body’s remains after their autopsies. Fragments of string the viewer encounters along the knotted 24 meter-long chord have been blackened by blood. These areas become witnesses to a reality that cuts through Mexico, but that one must pause and take care to observe.

While Margolles has joined an international group of itinerant artists that can operate in any city in the world, her collecting of thread is done in local morgues in the major states throughout the Republic in order to emphasize the urgency of generating widespread discussion on the issue of violence in Mexico.

Even though the subject is scandalous by nature, in the presentation of the work Margolles turns to the opposite extreme: a minimalistic portrayal of the mortuary event evoked by the string, in order to force the viewer to confront the absence of those bodies through their presence.

Unlike the installation of her work done in other spaces, here the artist opts for a theatrical use of lighting, in which a focused beam of light shines down on the pieces of thread, darkening the entire room, which the visitor enters in shadows.

The drama of this installation reaffirms the idea of the tomb often used to describe the museum gallery –a dark and cold place where art reminds us of the end of life.

The visitor who approaches Margolles’ installation does so out of morbid curiosity, or because a pair of thick, dark curtains covers the entrance to the room. After crossing this first threshold, the viewer is met with a foreign object, the nature of which surely takes a moment to decipher. Once the viewer understands the object, the confusing experience becomes undoubtedly one of the most exemplary moments of the exhibition. It leaves no doubt that the way in which the work is exhibited transcends a traditional notion of art.

As explained by the writer Guillermo Fadanelli in the gallery text, "the lifeless body continues to be a symbolic mine as well as a plastic territory." 45 Bodies should be seen as a symbol of our national reality, but also as the undisputed stamp of an artist who reaffirms her social commitment by returning again and again to exorcise the living materiality, although inert, of the dead in our country.

Translated by Nika Chilewich

 

For english scroll down
Comments